por Ricardo Pohlenz
Gabriel Orozco es probablemente el artista mexicano vivo más relevante. Su trayectoria, marcada por la exploración, el desafío y el movimiento, ha dado lugar a un viaje estético que más que un destino, tiene una misión: cuestionar cómo habitamos el mundo, cómo miramos lo cotidiano y cómo el arte puede expandir nuestras formas de percepción.


Mis manos son mi corazón de Gabriel Orozco,1991. Cortesía del artista y kurimanzutto Ciudad de México / New York.
[…] un juego que sirve de futuro, siempre tendido más allá, siguiendo este instinto que me ha llevado desde hace tantos años a comentarlo, derivarlo cual ecuación, extenderlo e inventarlo, hacerlo canción.

Matriz móvil de Gabriel Orozco, 2006. Vista de instalación en la Biblioteca Vasconcelos, Ciudad de México, 2006. Cortesía del artista y kurimanzutto. Ciudad de México / New York.

Luz a través de las hojas (para Parkett, no.48) de Gabriel Orozco, 1996. Cortesía del artista y kurimanzutto Ciudad de México / New York.

En la instalación Ventiladores (1997), Gabriel Orozco transforma un objeto utilitario en una escultura cinética. El papel higiénico, al girar, materializa y hace visible la circulación del aire en una danza fluida y efímera. Cortesía del artista y kurimanzutto. Ciudad de México / New York.
Decir de nuevo, desapercibirse. Acumular y disponer. ¿Es un mapa, algo dicho, documentado por fotos o diagramas? ¿Algo que vendrá a disponerse de nueva cuenta, según arreglos y convenciones, a partir del recuerdo o el instinto? Es una coyuntura, como puede serlo un codo o una rodilla, la disponemos en abanico, piernas y brazos de maniquíes que en otro tiempo estuvieron en un aparador, hélices dispuestas al vuelo que siguen un patrón, ya sea que se muevan o no. ¿Será que sus cabezas queden dispuestas delante de él como testigos de su portento, rotando como ruedas alrededor, haciendo un ruido que evoca los vínculos entre lo orgánico y lo mecánico? Esto no sucede, por supuesto, es algo que me invento, a partir de las hélices que son también ventiladores armados con papel de baño. Está Man Ray, está Dalí, está Yayoi, está Gabriel; marcas y figuras, listos para ser, listos para usarse: derivados y derivaciones, productos y decantaciones, proyecciones e invenciones. Podría ser, aunque no lo sea. Referirnos a sus posibilidades, en aras de una remezcla conceptual: su saberse mundo, su decirse mundo. ¿Es una cadena? Todavía queda podernos referir a Gabriel Orozco como un producto, hecho licencia, reproducido una y mil veces. Me quedo mirando —en el sin embargo, ahí dispuesto como monumento de la veleidad impasible frente a lo transitorio— esos ventiladores coronados con papel de baño, el trazo en el espacio que define la paradoja entre su peso y su ligereza, suma de bucles que van embrujándonos, hipnotizándonos, cual bestia surgida de un cuento. No es ni medio pulpo, no es agua lo que la sostiene, y aún, la dice en sus breves tensiones y resistencias. ¿Es que no tiene más intención que su propio embeleso, eso que le damos, eso que no tiene de por sí, sabiéndolo papel de baño, transformado y no, en su uso. Ahí estaba la caja, la mentada caja, no cualquier caja, la caja de zapatos. ¿Será la misma? ¿Será que se tienen almacenadas una sarta de cajas, todas iguales, listas para ser el nuevo avatar de la caja? ¿Hubo una caja original? ¿Alguien que detenta esa caja? ¿Que la declare la caja de zapatos de Gabriel Orozco? ¿Fue un acto? ¿Disponer la caja nomás? ¿Decir el espacio con la caja? ¿Será que le pongamos zapatos? ¿Cada uno con su caja y sus zapatos, listos para mostrarlos? Un coro de niños con sus cajas dibujadas sobre papel, diciendo, sea zapatos, sea mundos contenidos, esos mismos que tiene Gabriel Orozco, dispuestos sobre mesas. Está el acto de traerlos y llevarlos. ¿Será en cajas específicas? ¿En cajas como es cada caja? ¿Cómo las cajas inmensas donde se guarda el esqueleto de ballena, listo para ser ensamblado? ¿Listo para usarse? Es otra ballena, no la misma ballena. Una está en otra parte, ésta está aquí de momento. La ballena no es como la caja, que se dispone y ya, que se dice como objeto filosófico, su sentido —su armado— es más intrincado, tanto como el trazado en grafito que la adorna y que la niega, la conjura, la hace un objeto mágico, una apropiación en el tiempo, algo que nos trae a cuento tótems y tabúes, a semejanza del DS que deja de ser un DS, dicho línea, dicho contenedor, cual caja, igual, abolido. Es otro cuento y el mismo: el tamaño del océano, los inuit, sonrientes, dejándose retratar, dispuestos uno y el otro y el otro ahí, el DS hecho línea literal, huevo a diferencia del hueco. Uno y el otro dichos para llenar el espacio, ocuparlo, rebasarlo, cual idea. La caja, que se asume como el espacio mismo, cual mínimo contenedor de sentido, ha requerido uno o dos guardias de escolta que la cuidan, buscando prevenir cualquier accidente. Hubo que hacerlo, me invento que me explica uno de los guardias (lo hizo, me lo explicó, pero no recuerdo sus palabras exactas). Dada la dinámica de los visitantes, que en su flujo y trajín, sin mala fe, al estar viendo hacia arriba o hacia los lados, van avanzando sin más, entre distraídos y abrumados, desposeídos y sin querer, llegaban a donde estaba y la pateaban. Habrá que pensarlo como una nueva extensión, distinta y, aún, semejante, a las mías. Una documentación que diga un campo en expansión, un juego de cuerpos en eterna tensión, en la ilusión de una eterna rotación. El decirse escultor, sobre todo, alrededor, según él mismo lo ha dado y declarado, no lo reduce, sino lo clarifica —el juego de palabras y sentidos no es gratuito— para decir el espacio, disponerlo —es el espacio y no los cuerpos ocupándolo— para darle un sentido y una dinámica. Están ahí los caballos de ajedrez sobre el tablero, caballos corriendo al infinito, me les quedo mirando, los miro y los miro, los muevo en mi cabeza para un lado y para otro, dispuestos de tal modo que por mucho que se muevan, ele para acá, ele para allá, no se alcanzan, no se llegan a alcanzar… Me queda la duda e insisto. Las iniciales de Gabriel Orozco, GO, meramente y tal cual, me llevan a otro juego. Asumido de por sí por el artista, dispuesto —por ejemplo— en el Jardín Botánico de Culiacán, un juego que sirve de futuro, siempre tendido más allá, siguiendo este instinto que me ha llevado desde hace tantos años a comentarlo, derivarlo cual ecuación, extenderlo e inventarlo, hacerlo canción. Un tablero de GO que lo expresa y lo concreta, desde el símil y la apropiación, una dinámica de cuerpos, se muevan o no, una reflexión, uno frente a otro, en acción refleja, jugando al espejo, diciendo dónde sí, dónde no. Y uno, en medio, sin saber decidir, cuando sí, cuando no, cual si la sala de exhibición fuera también un tablero, un jardín: un estar aquí, prendido, prendado, parado sin más, siendo un flujo, una suma de pesos que cae, que pende, que se desmorona, aún inmóvil, que se canta cual adivinanza. ¿Será melón, será sandía, será la vieja del otro día? O será mejor preguntar: ¿Lobo, estás ahí?
El decirse escultor, sobre todo, alrededor, según él mismo lo ha dado y declarado, no lo reduce, sino lo clarifica […] para decir el espacio, disponerlo […] para darle un sentido y una dinámica.

Caballos corriendo al infinito (1995) es un tablero de ajedrez expandido a 256 casillas (16x16) con cuatro colores en el que Orozco elimina todas las piezas excepto los caballos para crear un "paisaje topográfico" donde se mueven libremente sin matarse, generando una trayectoria infinita en lugar de un campo de batalla. Cortesía del artista y kurimanzutto Ciudad de México / New York.
¿Fue un acto? ¿Disponer la caja nomás? ¿Decir el espacio con la caja?
¿Será que le pongamos zapatos?

Caja de zapatos vacía, presentada originalmente en la Bienal de Venecia de 1993, consiste en una caja de cartón abierta en el suelo con la que Orozco cuestiona la monumentalidad de la escultura. La pieza es tan radicalmente discreta que a menudo es confundida con basura o utilizada por los visitantes para arrojar monedas. Cortesía del artista y kurimanzutto Ciudad de México / New York.




Estela de Gabriel Orozco en Fundación Marcelino Botín, España, 2005. Cortesía del artista y kurimanzutto Ciudad de México / New York.

La exposición Gabriel Orozco: Politécnico Nacional en el Museo Jumex (febrero-agosto 2025) marcó el regreso institucional del artista a México tras casi dos décadas. La muestra reunió más de 300 obras bajo la curaduría de Briony Fer en colaboración con el artista. Fotografía de Gerardo Landa. Cortesía del artista y Museo Jumex, Ciudad de México.
Ricardo Pohlenz es escritor, poeta, editor y crítico. Es autor del libro de relatos Lounge, los libros de poemas visuales El azul del cielo, Cetacea, Bac Kga Mon, Cuc Amo Nga, Avión de latón, Lader 68, el libro de varia La vocación de submarino, y el libro de poesía para niños Bolsa de marsupial. Dirigió el Taller de poesía visual en Taller Prosperidad y lleva a cabo nuevos proyectos de narrativa situacional, poesía experimental y estrategias educativas. Fue seleccionado y traducido para la Antología de poesía mexicana Líneas de tierra publicada en Australian Poetry por Tamryn Bennett. Conduce y produce el podcast Era de Acuario y dirige la estación de radio digital La Voz de Antonia, en la que conduce con Selva Hernández dos programas semanales: Apenas es miércoles y Acapulco en la azotea.








