por Andrea Bravo Echenique
En esta entrevista, Bruno Newman y Paulina Newman nos comparten los orígenes y la evolución del MODO, así como algunas reflexiones sobre la memoria, el coleccionismo, el diseño y el papel de los objetos cotidianos como testimonios de la vida cultural y social de nuestro tiempo.
¿Cómo empezó su colección personal que eventualmente daría origen al MODO? ¿Recuerda algunos de los primeros objetos que le ayudaron a marcar el rumbo?
Bruno Newman (BN): Creo que todo comenzó de una manera muy casual. Solía poner en la mesa de mi sala distintos objetos que había ido adquiriendo con el tiempo, entre ellos tres pequeños productos Pompeia que llamaban la atención. Cuando recibía amigos en casa, esos objetos se convertían en tema de conversación. Les intrigaba su diseño, sus colores, la calidad de sus ilustraciones y, sobre todo, las historias que parecían guardar.
Lo interesante es que una simple curiosidad terminaba muchas veces en largas pláticas sobre la época a la que pertenecían, quiénes los habían utilizado, cómo se anunciaban los productos o qué nos decían acerca de la vida cotidiana de aquellos años. Poco a poco comprendí que esos objetos eran mucho más que piezas antiguas o recuerdos del pasado.
Ahí descubrí algo fundamental: los objetos cotidianos son testimonios de la manera en que vivimos, consumimos, nos comunicamos y nos relacionamos como sociedad. Esa mirada fue dando sentido a una colección que con el tiempo creció hasta convertirse en el acervo del Museo del Objeto del Objeto, un espacio dedicado precisamente a preservar y contar esas historias que los objetos guardan silenciosamente.
¿En qué momento esa colección se transformó en el MODO y cuáles han sido los mayores retos en estos 15 años para consolidar un museo dedicado a los objetos de la vida cotidiana?
Paulina Newman (PN): Unos años antes de que existiera el MODO, María Alós (QEPD) regresaba de trabajar en el New York Public Library, y sugirió poner orden a lo que en ese momento eran unas bodegas de miles de objetos acomodados sin rigor alguno. Al empezar a registrar sistemáticamente y catalogar las piezas, que en ese momento eran cerca de 30 mil, la idea de exhibirlas empezó a gestarse. Con la valiosa ayuda de Ana Elena Mallet, se crearon los documentos fundacionales del MODO, y el proyecto se puso en marcha, tomando la antigua residencia de la familia en la colonia Roma (Córdoba esquina con Colima) como sede. Se inició el proyecto de unir esa casa con la casa vecina, para albergar el museo, Gonzalo Tassier realizó el logotipo original, y el museo empezó a materializarse.
Uno de los retos más importantes de los museos en México, no solo del MODO, es asegurar recursos para dar continuidad a largo plazo. Cada vez existen menos apoyos públicos para las instituciones de la sociedad civil y todos hemos tenido que ser creativos para atraer donativos y generar alianzas con el sector privado que ayuden a solventar los gastos que implica tener una colección y un recinto abierto al público con propuestas culturales relevantes y atractivas para nuestra comunidad.

Fotografía de Eduardo Carranza.
En muchos sentidos, el verdadero valor de una pieza no está en su rareza, sino en las emociones que es capaz de provocar.
¿Hay piezas de la colección a las que les tengan un cariño especial? ¿Podríab contarnos la historia de alguna de ellas?
BN: Siempre me hacen esa pregunta y la verdad es que me cuesta mucho trabajo elegir una sola pieza. Después de tantos años, uno termina desarrollando una relación especial con muchos de los objetos que forman parte de la colección.
Quizá les tengo un cariño particular a aquellos objetos que me recuerdan cómo comenzó esta aventura. Pero también me fascinan las piezas que tienen la capacidad de despertar recuerdos en las personas. Me ha pasado muchas veces que alguien observa un envase, una caja, un anuncio o un juguete y de inmediato comienza a contarme una historia de su infancia, de sus padres o de sus abuelos.
Eso es lo que más me emociona: descubrir que los objetos no solo conservan su propia historia, sino también fragmentos de la memoria de quienes los vivieron. En muchos sentidos, el verdadero valor de una pieza no está en su rareza, sino en las emociones que es capaz de provocar.
Más allá de su acervo, el MODO también ha impulsado un proyecto editorial y un programa de compromiso social. ¿Podrían hablarnos de estas iniciativas y cómo se integran a la visión del museo?
BN: Me gusta escribir libros porque son una forma de preservar la memoria y dejar testimonio de cosas que considero importantes. Muchas veces me interesan temas que parecen cotidianos o poco relevantes, pero que forman parte de nuestra historia y de nuestra cultura. En ese sentido, encuentro una relación muy estrecha entre el museo y los libros. El museo conserva objetos y el libro, información, historias y contextos. Ambos se complementan y se enriquecen mutuamente y sí, me gusta seguir el proceso, lo disfruto.
No todos los libros que hago están vinculados directamente con el museo, pero sí comparten una misma intención: documentar aquello que podría perderse con el tiempo. Por ejemplo, el libro sobre mingitorios surge del interés por registrar un objeto que forma parte de la vida cotidiana y que poco a poco está desapareciendo. Más que buscar el éxito comercial, me interesa aportar conocimiento, despertar la curiosidad de las personas y dejar un registro para futuras generaciones. Documentar el pasado es también una forma de comprender mejor nuestro presente.
PN: Los primeros dos o tres años del MODO estuvimos muy concentrados en insertarnos en el plano museístico de la CDMX. Ya establecidos y con una reputación de ser un museo de calidad y con una propuesta novedosa, nos dimos cuenta de que hay una gran parte de la población que no acude a los museos porque los considera como lugares parar “otros”. Con esa realidad sabemos que es nuestra responsabilidad salir de nuestro museo y llegar físicamente a comunidades que no vendrían a nosotros. Así nació el programa de responsabilidad social del MODO, con el que atendemos a grupos con alguna situación de vulnerabilidad. A la fecha hemos trabajado con más de 35 instituciones, entre ellas, dos cárceles, 12 asilos, tres centros de reinserción social, nueve casas hogar, cuatro secundarias públicas y diez instituciones que atienden a personas con alguna discapacidad.
¿Qué posibilidades de aprendizaje cree que ofrece el MODO a estudiantes de áreas como Diseño, Arquitectura y Mercadotecnia?
BN: Creo que una de las cosas más interesantes que ofrece el MODO es la posibilidad de aprender a observar. Vivimos rodeados de objetos y muchas veces no nos detenemos a pensar por qué tienen esa forma, esos colores, esos materiales o esos mensajes.
Para un estudiante de Diseño, por ejemplo, muchas piezas pueden ser lecciones de comunicación visual, procesos creativos y evolución estética. Para quienes estudian Comunicación o Mercadotecnia, representan una oportunidad de entender cómo han cambiado las marcas, la publicidad y los hábitos de consumo a lo largo del tiempo. Incluso para quienes estudian Arquitectura, los objetos ayudan a comprender cómo las personas habitan los espacios y cómo éstos reflejan determinadas formas de vida.
Más allá de una disciplina específica, creo que el MODO invita a desarrollar una mirada crítica y curiosa sobre el mundo material que nos rodea, porque los objetos cuentan la historia de una sociedad.

Fotografía de Eduardo Carranza.
[…] el MODO invita a desarrollar una mirada crítica y curiosa sobre el mundo material que nos rodea, porque los objetos cuentan la historia de una sociedad.
¿Qué relación encuentra entre la templanza y el acto de coleccionar?
BN: Nunca había pensado en esa relación de manera tan directa, pero mientras más lo reflexiono, más evidente me parece. Coleccionar requiere armonía y paciencia. Muchas veces imaginamos al coleccionista como alguien que simplemente acumula objetos, pero en realidad implica aprender a esperar, investigar, seleccionar y, en ocasiones, dejar pasar oportunidades. No todo objeto debe incorporarse a una colección.
Con los años he aprendido que la templanza tiene mucho que ver con saber distinguir entre el impulso y el propósito. Hay piezas que uno desea adquirir inmediatamente, pero también es importante preguntarse qué aportan a la colección y qué historia ayudan a contar. Creo que la templanza también está presente en la constancia. Una colección como ésta no se construye en meses ni en años, sino a lo largo de toda una vida. Requiere disciplina, perseverancia y la capacidad de mantener viva la curiosidad sin perder el rumbo.
¿Cómo imaginan el futuro del MODO frente a los cambios tecnológicos y las nuevas formas de relacionarnos con los objetos? ¿Hay colecciones o líneas de trabajo que les interese desarrollar en los próximos años?
PN: Los cambios tecnológicos tienen un impacto importante y lo tendrán aún más en el futuro cercano. Tenemos la oportunidad de utilizarlos para poder fortalecer nuestros procesos, optimizar el uso de la información sobre nuestra colección, que hoy asciende a 200 mil objetos y que se encuentra catalogada e inventariada para su consulta. Creemos que en un mundo que se está moviendo tan rápido, la permanencia de los objetos ayuda a anclar y a preservar la historia que está escrita en ellos, y que su resguardo será aún más importante para generaciones futuras en las que posiblemente las “cosas” sean cada vez más perecederas. Estamos empezando a acercarnos a la IA para procesos de investigación, catalogación y documentación del acervo, y eso podrá permear a otras áreas del museo.


Documentar el pasado es también una forma de comprender mejor nuestro presente.


Fotografías de Arely López.
Andrea Bravo Echenique es coordinadora editorial de Capitel.