por Kathia M. Valencia Munguía
imágenes de Lise Johansson
En el ámbito de la psicología clínica, la introducción progresiva de la veracidad puede funcionar como un agente de cambio terapéutico. Enunciar una verdad, desde un espacio seguro y ético, abre un espacio psíquico que permite reestructurar la subjetividad y las relaciones.

Lise Johansson, Absence #1 (Ausencia #1), 2019. Cortesía de la artista e In The Gallery, Copenhague.
[…] el sufrimiento no se organiza solo en torno a eventos traumáticos, sino alrededor de aquello que no ha podido ser simbolizado en el sistema relacional del paciente.

Lise Johansson, I’m not here #10, 2021. Cortesía de la artista e In The Gallery, Copenhague.
[…]” la verdad no es un dato inerte que el terapeuta deba descubrir, sino una construcción que se despliega en el espacio vincular.

Lise Johansson, I’m not here #6 (No estoy aquí #6), 2021. Cortesía de la artista e In The Gallery, Copenhague.
En la práctica clínica, la veracidad trasciende la revelación de hechos objetivos para configurarse como un proceso relacional complejo gestado en el encuentro terapéutico. Decir la verdad no solo implica nombrar lo que sucede, sino generar condiciones intersubjetivas para que el sujeto logre reconocerse en su experiencia sin recurrir a ocultar o a autoengañarse, evitando situar al otro como único responsable del malestar. Bajo esta óptica, la veracidad se transforma en una herramienta capaz de movilizar el síntoma cuando este ha sido sostenido por silencios, pactos implícitos o narrativas defensivas que bloquean el cambio.
La construcción de la verdad en el espacio vincular
Con frecuencia, el sufrimiento no se organiza solo en torno a eventos traumáticos, sino alrededor de aquello que no ha podido ser simbolizado en el sistema relacional del paciente. Los mandatos sociales y culturales que dictan qué debe sentirse profundizan esta dificultad, generando formas de comunicación que no reconoce como propias. Así, la verdad no es un dato inerte que el terapeuta deba descubrir, sino una construcción que se despliega en el espacio vincular. Desde el enfoque sistémico, el interés se centra en comprender cómo se organiza el malestar en un entramado de interacciones en el que el síntoma adquiere sentido como comunicación.
La comprensión clínica no se reduce al contenido verbal. La pericia del profesional radica en reconocer incongruencias entre lo que el paciente relata y lo que su cuerpo o los silencios expresan; en esos desajustes emerge una dimensión relacional no simbolizada. Este proceso requiere metacomunicación: la capacidad del sujeto para escucharse y reconocer desde qué lugar interpreta al otro. Tal como señala Watzlawick, todo comportamiento comunica, incluso lo no expresado de manera explícita. Esta dinámica implica que el terapeuta actúe como un espejo que no solo devuelve palabras, sino la estructura del vínculo.
El rol del terapeuta y la neutralidad activa
Para que este proceso sea efectivo, el terapeuta debe sostener una postura de curiosidad genuina y neutralidad activa. No se trata de una verdad impuesta desde el poder, sino de una que emerge cuando el profesional renuncia a juzgar la experiencia del consultante. Esta actitud facilita que el paciente explore aspectos de su historia que permanecieron en la sombra. La veracidad clínica requiere sintonía entre técnica y sensibilidad, el respeto por el tiempo del otro es fundamental para que la palabra tenga un efecto transformador y no resulte en una intrusión violenta que refuerce la resistencia.
En esta línea, Ceberio sostiene que muchos conflictos vinculares no se mantienen por las acciones del otro, sino por los significados que cada sujeto construye a partir de su historia previa. Estos significados organizan la percepción y la respuesta emocional. La intervención no se orienta a corregir al tercero, sino a posibilitar que el paciente identifique cómo sus narrativas estructuran la lectura de la relación presente. La veracidad despoja al relato de sus distorsiones para dar lugar a una mirada nítida de la realidad.
Resignificación de la narrativa y el síntoma
Lo anterior se ilustra con el caso de una paciente con dificultades de celos y desconfianza. Ella interpretaba las conductas de su pareja a partir de significados construidos en vínculos anteriores, en la que el afecto se expresaba mediante vigilancia y demanda de confirmación. En el proceso, logró reconocer que su pareja manifestaba compromiso mediante lenguajes distintos a los aprendidos. Esta resignificación permitió desmontar el relato que asociaba la ausencia de conductas con el desamor, favoreciendo una lectura flexible que fortaleció la confianza mutua.
La experiencia clínica demuestra que el sufrimiento no siempre se transforma eliminando el síntoma, sino otorgándole un sentido. Cuando el paciente comprende desde qué narrativas organiza su realidad, se abre un espacio de libertad; deja de reaccionar automáticamente y asume una posición reflexiva frente a sus emociones. Esta toma de conciencia desarma la función defensiva del síntoma. Como indica Minuchin, la transformación del sistema requiere que los miembros experimenten la realidad desde una perspectiva diferente.
Hacia una autoría genuina de la vida
La verdad no se impone, se edifica en un espacio de confianza en el que el sujeto explora sus significados sin juicio. Esta apertura favorece el autoconocimiento, la autonomía emocional y los vínculos congruentes. La intervención consiste en acompañar al individuo en la creación de una narrativa coherente consigo mismo y sus valores, un aspecto esencial para cuidar la salud mental y el bienestar en la actualidad. Como afirmaba Virginia Satir, la comunicación es a las relaciones lo que la respiración a la vida, la calidad del vínculo se sostiene en la congruencia interna.
Michael White plantea que los sujetos organizan su vida a partir de historias dominantes que se han vuelto creíbles al incluir solo ciertos eventos. Cuando el espacio terapéutico permite abrirse a narrativas alternativas, el sujeto reconoce que la verdad sostenida no es solo suya, sino que se construye en relación con otros discursos y contextos de poder. Desde esta mirada, la verdad es un proceso relacional que se transforma cuando nuevas historias de identidad y capacidad son incorporadas al campo de sentido, permitiendo una autoría más genuina de la propia vida.
Decir la verdad no es un acto violento ni una mera descarga de datos, sino una condición indispensable para el cambio. Favorece la integración de la experiencia, fortalece la agencia subjetiva y promueve vínculos genuinos. La veracidad es una forma de intervención profunda, capaz de transformar la manera en que el sujeto se ubica ante su propia existencia, responsabilizándose de su bienestar. Este compromiso consolida la alianza terapéutica y permite que el proceso de sanación sea auténtico y humano.
La veracidad despoja al relato de sus distorsiones para dar lugar a una mirada nítida de la realidad.

Lise Johansson, Within Frames #2 (Entre marcos #2), 2025. Cortesía de la artista e In The Gallery, Copenhague.
Bibliografía
Ceberio, Marcelo R. Los juegos del mal amor: El amor, la comunicación y las interacciones que destruyen parejas. Buenos Aires: Ediciones B, 2018.
Minuchin, Salvador. Familias y terapia familiar. Barcelona: Gedisa, 1984.
Satir, Virginia. The New Peoplemaking. Palo Alto: Science & Behavior Books, 1988.
Watzlawick, Paul, Janet Helmick Beavin y Don Jackson. Teoría de la comunicación humana. Barcelona: Herder, 1981.
White, Michael, y David Epston. Narrative Means to Therapeutic Ends. New York: W. W. Norton & Company, 1990.
Kathia M. Valencia Munguía es psicóloga y terapeuta sistémica familiar. Docente de Psicología en Humanitas, comprometida con la formación crítica y ética de futuros profesionales, se ha especializado en el enfoque narrativo aplicado a procesos terapéuticos y relacionales.







