Pasión por la educación, el arte y la cultura.
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Práctica de la vida contemplativa y desconexión consciente en Revista Capitel: Templanza digital

La templanza digital como vía de libertad en la modernidad

por Rocío Gómez-Ibarra Pérez-Gil
imágenes de Eva & Franco Mattes

La promesa de estar siempre conectados también ha traído nuevas formas de agotamiento. Ante este escenario, la templanza recupera vigencia como una práctica psicológica de libertad, equilibrio y atención consciente.

El momento histórico en el que nos encontramos se conoce como “modernidad tardía”, caracterizado por una intensificación de las instituciones, la globalización y los efectos de la modernidad. Esta época trae consigo incertidumbre, individualización y una profunda conexión con el mundo digital.¹

Hoy la construcción del yo se vive como un proyecto individual bajo la necesidad del perfeccionamiento continuo. Al cambiar el contacto físico por las plataformas digitales y perder el refugio de las tradiciones, caemos en la necesidad de exponernos y reafirmar quiénes somos en internet. Como advierte Anthony Giddens,² la identidad contemporánea se gestiona activamente como una biografía reflexiva que el propio individuo debe sostener y reescribir de manera constante. De acuerdo con Sabine Pfleger y Mónica Rodríguez-Vergara,³ estructurar la identidad en la actualidad es una labor cruzada por una alta carga afectiva, en la que impera la necesidad de destacar y validar el propio significado de nuestras vidas mediante una diferenciación constante.

Byung-Chul Han menciona que en la modernidad tardía, el sufrimiento mental no proviene de un factor externo de una sociedad basada en la prohibición y la obediencia, sino de la hiperpositividad del “poder hacer”.4 Interiorizamos el deber del rendimiento y nos convertimos en autoexplotadores silenciosos. En el plano clínico, esto explica por qué la saturación de estímulos en las redes no genera rebeldía, sino un colapso del yo: el burnout y la depresión por agotamiento. Nos imponemos metas inalcanzables de productividad, crecimiento y rendimiento.

La conectividad digital continua fomenta una atención dispersa, hiperactiva y superficial. Han utiliza el término de “negatividad”, entendida como la capacidad de detenerse, de decir no a un estímulo, de tolerar el vacío o el aburrimiento; su ausencia destruye la vida contemplativa, la que nos permite desconectarnos del mundo digital y de rendimiento al saber decir no a estímulos o sobreproducción bajo la mentalidad de “poder más”.5 Ante la ausencia de un espacio sagrado de desconexión, el cerebro pierde la capacidad de procesar profundamente, eliminando el asombro y la verdadera maduración mental.

Frente a este escenario de sobreproducción y rendimiento que caracteriza al mundo actual, la templanza se convierte en nuestra aliada más valiosa como una virtud esencial y transformadora; la herramienta viva que nos guía de vuelta hacia el equilibrio interior, devolviéndonos la claridad y abriendo el camino a una libertad real frente a la inercia del entorno. 

La templanza concebida como “tranquilidad de espíritu” según la visión tomista, no busca anular las pasiones, deseos o impulsos, en este caso el deseo de estímulo, clics o consumo, sino ordenarlos para alcanzar el sosiego interno.6 Gobernar nuestros apetitos implica que, en un entorno digital saturado por la búsqueda de gratificación inmediata y dopamina, la templanza actúe como un regulador que interrumpe lo mecánico y lo automático. Esta se ofrece como una herramienta de moderación para que sepamos tomar decisiones claras en beneficio de nuestro bienestar. La templanza no es una regla matemática fija, sino un término medio relativo a cada persona y determinado por la prudencia.7 Significa saber “cuánto, cuándo y de qué manera” dirigirse para proteger el equilibrio personal.

La práctica de la templanza digital se expresa en un auténtico autocuidado y compasión con uno mismo; consiste en una pausa voluntaria de la autoexigencia, al permitir que la mente experimente un descanso profundo. Al frenar, atender y moderar el deseo y el impulso, la templanza abre espacio para reconocer al otro, transformando la madurez mental en un estado en el que la libertad ya no es la obligación alienante de consumir e interactuar, sino la soberanía de elegir el silencio y la verdad para conectar con uno mismo y con los otros.

La vida contemplativa como vía para la salud mental

Cuidar de uno mismo es el primer acto de bondad necesario para poder mirar al otro. En lugar de la autoexplotación feroz del rendimiento, la templanza propone un “cansancio curativo” o un descanso real; es un acto de compasión detener la maquinaria de la funcionalidad. Con respecto al “otro” o lo “otro”, Byung-Chul Han advierte que en la sociedad del rendimiento “el otro” desaparece, nos convertimos en narcisistas mudos en medio de un texto superficial.8 La templanza propone aprender a detenernos y observar, lo que hace referencia a aprender a vivir una vida contemplativa con el propósito de recuperar la capacidad de asombro y el aburrimiento profundo. El aburrimiento no es negativo si nos lleva a pensar y a dejar que las cosas hablen. La templanza vacía el espacio saturado para que surja la creatividad y la autoconciencia mediante la contemplación.

Servirnos de la templanza como herramienta de liberación real en la era del algoritmo permite dar el paso de la “libertad obligada” a la “verdadera libertad”. El ser humano moderno cree que es libre porque puede consumir y conectarse sin límites, pero está encadenado a un ritmo de vida que lo destruye. La verdadera libertad radica en la potencia del no hacer, en la capacidad de decir “no” a la corriente digital. La templanza abre espacio a la introspección y la autoconciencia, permite conocernos y reconocer nuestros límites y necesidades reales frente a las identidades falsas o idealizadas que se construyen y masifican en las redes sociales. 

La madurez no consiste en sobrevivir en piloto automático alimentando una identidad ficticia basada en el reconocimiento virtual y la productividad; es la integración armoniosa de la afectividad y la razón, transformando la salud mental en un estado estable donde ejercemos, verdaderamente, el señorío sobre nosotros mismos.

La práctica de la templanza digital se expresa en un auténtico autocuidado y compasión con uno mismo; consiste en una pausa voluntaria de la autoexigencia […].

Práctica de la vida contemplativa y desconexión consciente en Revista Capitel: Templanza digital

Eva & Franco Mattes, BEFNOED, 2013-a la fecha. Cortesía de Eva & Franco Mattes. Instalación en Frankfurter Kunstverein. Fotografía de Melania Dalle Grave para DSL Studio.

Ante la ausencia de un espacio sagrado de desconexión, el cerebro pierde la capacidad de procesar profundamente, eliminando el asombro y la verdadera maduración mental.

Saturación por hiperconectividad y uso de redes sociales en Revista Capitel: Templanza

Instalación en Frankfurter Kunstverein. Fotografía de Melania Dalle Grave para DSL Studio.

Gobernar nuestros apetitos implica que, en un entorno digital saturado por la búsqueda de gratificación inmediata y dopamina, la templanza actúe como un regulador que interrumpe lo mecánico y lo automático.

Práctica de la vida contemplativa y desconexión consciente en Revista Capitel: Templanza digital

Instalación en Fondation Phi pour l’art contemporain. Fotografía de Melania Dalle Grave para DSL Studio.

Saturación por hiperconectividad y uso de redes sociales en Revista Capitel: Templanza

Instalación en CCA, Tel Aviv. Fotografía de Eyal Agivayev.

Rocío Gómez-Ibarra Pérez-Gil es psicóloga clínica y de la salud con enfoque cognitivo-conductual. Docente en Universidad Humanitas, donde imparte asignaturas orientadas al desarrollo del pensamiento crítico y la formación psicoterapéutica contemporánea.

Eva & Franco Mattes es un dúo de artistas italoestadounidenses cuya práctica explora el impacto de internet en la cultura contemporánea. Por medio del video, instalación, escultura y medios digitales, examinan cómo los entornos virtuales moldean la percepción, el comportamiento y las relaciones humanas. En este contexto, obras como BEFNOED invitan a poner atención a las dinámicas, a menudo invisibles, que median nuestra experiencia cotidiana en el entorno digital y abren un espacio para reflexionar sobre cómo habitamos un mundo cada vez más conectado. https://0100101110101101.org | Instagram @evaandfrancomattes

  1. Sabine Pfleger y J. Mendoza, “Identidad y conectividad en la modernidad tardía” en Revista de Humanidades Contemporáneas 14 (2025): p. 45.
  2.  Anthony Giddens, Modernity and Self-Identity: Self and Society in the Late Modern Age (Stanford: Stanford University Press, 1991), p. 72.
  3.  Sabine Pfleger y Mónica Rodríguez-Vergara, “La construcción emocional de la identidad contemporánea” en Estudios de Subjetividad (en prensa): p. 12.
  4.  Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio (Madrid: Herder, 2012), p. 32.
  5.  Ibid., p. 51. 
  6.  Tomás de Aquino, Suma Teológica (Madrid: Editorial Católica, 1994), II-II, q. 141, a. 3.
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