HAIKU: RETRATO DE MI PADRE. PAISAJES IMAGINARIOS DE EDGAR LADRÓN DE GUEVARA

Apunte B 91, 2017.

por Mónica Sánchez Escuer

LA SERIE HAIKU: RETRATO DE MI PADRE DEL FOTÓGRAFO MEXICANO EDGAR LADRÓN DE GUEVARA NOS PRESENTA UNA REFLEXIÓN POÉTICA SOBRE LA EXISTENCIA, EL AMOR, LA MUERTE, LA SOLEDAD Y EN ÚLTIMA INSTANCIA, NUESTRA PROPIA TRASCENDENCIA.

Cada pieza es creada como una lectura múltiple: de los poemas, de la trascendencia del padre, de la complejidad del duelo. Como ocurre en el lenguaje poético, la narrativa de cada imagen es polisémica, sin embargo, se puede advertir una constante mediante correspondencias metafóricas y simbólicas entre la composición, las cualidades formales, las alusiones a la naturaleza y los haikus: la soledad y lucidez del padre en la enfermedad y ante el arribo del final; la soledad del hijo frente a la pérdida. Los haikus cobran mayor profundidad en las imágenes y éstas más claridad en los versos. En una de las piezas de un tríptico cuyo poema inicia con el verso “viento entero” (Fig. 1), por ejemplo, se aprecia la fuerza del elemento que doblega un árbol y en el cielo un sol resplandece sus últimos minutos sobre las sombras del atardecer. En otra, la bruma de la noche se ilumina con cientos de luces, como pequeñas estrellas o luciérnagas que parecen perforar la oscuridad de un bosque (Fig. 2). O la figura de un hombre de espaldas al centro de un sitio desértico rodeado de silencio (Fig. 3) en el que el “paisaje final” encuentra su correspondencia en la metáfora del invierno como estación última de la vida.

Como libros junto a los haikus o como reflexiones visuales autónomas, las fotografías de Edgar Ladrón de Guevara narran la dinámica del dolor y la soledad que lo acompaña, la tristeza en la que se asimila la ausencia; la partida que quiebra y crea nuevas y extrañas formas de sostenerse en el mundo; pero son también relatos luminosos de la impermanencia, la aceptación y la paz ante el encuentro con aquello que trasciende. Las imágenes de esta serie son trazos poéticos de la errancia interior de su padre y de su propio camino recordándolo. 

Apunte B 96, 2017.

Los haikus cobran mayor profundidad en las imágenes y éstas más claridad en los versos.

Apunte B 103, 2017.

El poeta y el fotógrafo detienen el tiempo, fijan en imágenes el devenir del mundo. Sus lenguajes están regidos por el instante. Esto es aún más evidente en la breve y poderosa concentración de palabras de un haiku. En tres versos se captura un momento del día, una visión de la naturaleza, un estado anímico. Moisés Ladrón de Guevara, investigador y poeta, escribió 365 haikus el último año de su vida. En ellos refleja la complejidad emocional por la que pasaba, sus dudas y meditaciones sobre la existencia, la enfermedad, la muerte. Su hijo, Edgar, al leer los poemas, abre un diálogo visual con él cuando éste ya ha partido y crea Haiku: retrato de mi padre. Una serie de imágenes concebidas tanto de forma individual como “apuntes”, o bien, integradas como trípticos en libros objeto realizadas a partir de pequeñas instalaciones hechas con papel, tinta, ceniza, fósforos, ramas y otros materiales.

Las fotografías de Edgar Ladrón de Guevara son construcciones visuales tejidas por la poesía. En ellas expone los rasgos más sutiles de la nostalgia, de la desolación, del amor filial. Los haikus de su padre trascienden como discurso poético fotográfico en el mismo instante regido por la estructura formal del poema: tres versos y tres fotografías que no necesariamente se corresponden. No ilustran al poema, no lo complementan, lo acompañan con una fuerza y sentido propios y, sin embargo, junto a los haikus cobran plena significación. Esta forma poética mínima de origen japonés se caracteriza por sintetizar una emoción en la que el tiempo y la naturaleza son marco y a su vez metáfora del sentimiento al que se alude. En la serie de Ladrón de Guevara pueden hallarse los mismos principios: escenarios imprecisos, enigmáticos, con elementos apenas esbozados que refieren a un espacio natural y a un momento del día o a una estación del año; paisajes que la imaginación del observador va cargando de significado: pinceladas que son aves, árboles, ceniza; la presencia constante de la silueta de un hombre solitario. Las imágenes rara vez son nítidas, Edgar prefiere la ambigüedad del desenfoque, la poca profundidad de campo, los barridos, la línea difusa. Los fondos son espacios vacíos o paisajes imaginarios que crean la atmósfera precisa de la que germina una emoción sutil, confusa o desgarradora. El manejo de la luz, la selección de tonos y matices dentro de una escala monocromática, la apertura del grano que da volúmenes y texturas indefinidas, contribuyen a la tensión narrativa entre el objeto y su entorno, a esa incertidumbre semántica del discurso poético visual que luego se traduce en tensión emocional entre la imagen y el observador.

La luz de sus imágenes, o, mejor dicho, su energía, cuestionan la actualidad […]. 

Apunte C 93, 2018.

Haikus

“viento entero”
colina virtual
poema solar

(Fig. 1) Apunte C 12, 2018.

mi vida fue
locura neblinosa
esta noche se ilumina

(Fig. 2) Apunte C 64, 2018.

sereno paisaje final
es día de tomar la senda
¡rumbo al vacío!

(Fig. 3) Apunte C 118, 2018.

Mónica Sánchez Escuer es escritora y Doctora en artes y diseño por la UNAM, especialista en estudios de la imagen, fotonarrativa y poesía fotográfica. Instagram @mescuer | Facebook @MonicaSanchezEscuer

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