El amor a la imagen

El narcisismo, derivado del mito de narciso, se refiere al estado de fascinación del ser con su propia figura. Esta marca, reflejada en múltiples espacios de la vida en los que reproducimos nuestra imagen, nos lleva a una vanidad exagerada y a un aferre excedido al yo.

Jean Faucheur, Chica, 1998. jeanfaucheur.net. Cortesía del artista.

por Raúl Molina

Cuando Sigmund Freud se dispuso a escribir el texto sobre el narcisismo, reconoció que el sujeto en el que se basaría era Paul Näcke, el psiquiatra que lo había empleado previamente, en el ámbito psiquiátrico.

Para establecer el modelo, propuso utilizar un término que pidió prestado a un personaje de la mitología: Narciso. Como es sabido, Narciso se enamora de su propia imagen, y es tanta su fascinación al verla reflejada en el espejo de agua, que termina ahogándose. Asimismo, el bebé, cuando nace, recibe toda la energía libidinal sobre sí mismo. Después, será necesario dividir la libido en yoica y de objeto. Este narcisismo secundario nos da la idea de que, ya no hay un componente autoerótico, sino que esta energía recarga al objeto, y lo distingue del yo.

Sin embargo, el narcisismo también es una propuesta clínica. La neurosis como psicopatología, tiene un componente narcisístico, pero se agudizaría en la psicosis, donde no hay relación con el objeto. Se entiende entonces que la personalidad narcisista no generaría transferencia y obviamente no se podría psicoanalizar.

El yo, como instancia psíquica, cobra mayor importancia a partir de la segunda tópica y se vuelve central en la práctica teórica y clínica en los años siguientes.

Para Jacques Lacan, el estadio del espejo consolida la relación con nuestra imagen y con las identificaciones, que deriva en una relación con el semejante, que, en su esquema, será el pequeño “otro”. Todo esto resultará en una situación estructural, que vivirán los seres humanos. Asimismo, esta etapa quedará en el registro imaginario. El niño queda cautivado en esa imagen, ya que mientras se siente descoordinado por la falta de control neuromuscular (debido a la mielinización), tiene una forma unida y completa de él mismo ahí enfrente, que lo fascinará. El semejante es un símil del espejo, porque también nos observamos en el otro.

Jean-Paul Sartre, decía, que “el infierno son los otros”. Precisamente porque dependemos de ellos, las relaciones sociales son fuente de conflicto y preocupación, pero esenciales para el ser humano.

El gran teórico del cine, Christian Metz, integra las ideas psicoanalíticas al cine. Metz piensa que ir al cine y contemplar una película funciona como un espejo, en el que nos identificamos y nos observamos en el otro.

Para Marshall McLuhan, la raíz etimológica del narcisismo, tiene que ver con narcosis; narcótica es la relación con el medio comunicacional. Él lo observa en la cultura en la que estamos inmersos y se especifica en las invenciones tecnológicas, como extensiones de los sentidos del cuerpo y del sistema nervioso humano.

Así, el automóvil es una extensión de nuestras piernas, la computadora, una prolongación de nuestro cerebro y el teléfono, de nuestro sentido auditivo y vocal. La utilización diaria de la tecnología y sus artefactos (gadgets) nos ubica en un rol narcisista y un entumecimiento frente a la sobreabundancia de imágenes.

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«[…] la raíz etimológica del narcisismo, tiene que ver con narcosis; narcótica es la relación con el medio comunicacional ».

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Lo que ahora se llaman redes sociales es un homenaje al narcisismo, ya que la gente se regodea en ese imaginario social, muchas veces, inventando una personalidad virtual, más real que la realidad misma. Hay sobreabundancia de fotografías individuales (selfies), que intentan llenar un vacío existencial que genera angustia. La realidad virtual es más creíble que la fáctica. Tal como la describe Jean Baudrillard, no hay realidad, sino un simulacro de la misma. Por eso creemos más en la información que nos da un teléfono celular. Preferimos tener dos mil amigos virtuales, que tres de carne y hueso.

Con respecto a los valores culturales, al existir un gran peso sobre el narcisismo, entendido como vanidad, fantasiosamente los medios de comunicación masiva y las redes sociales ofrecen un mundo de aparente éxito y de que éste es el fundamento de la felicidad. Cualquier desviación empuja al sujeto a sentirse hueco y descolocado de ese ideal grupal y social. Individualmente, se siente fracasado y angustiado. Hay que romper con esa norma impuesta por el marketing, en la que entramos en un rasero, que nos conforma como seres humanos. Hay un mandato social superyóico, que nos dice qué hacer con nuestro ocio, qué estudiar y, dónde trabajar. Enfrentar estos mandatos implica romper con modas, y a veces aislarse de ese maremágnum de información.

Las novelas distópicas muestran un mundo, en el que hay poca posibilidad para la diferencia. Un mundo feliz de Aldous Huxley, 1984 de George Orwell, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick, son algunas obras que preveían condiciones de vida similares a las que estamos viviendo.

Es interesante que uno de los poemas más importantes de la literatura norteamericana y que han influido en la cultura general se llame “Canto a mí mismo” de Walt Whitman. Independiente de su valor histórico, artístico y cultural, lo podemos pensar como una muestra apologética, centralizada en el yo individual que influirá en las ideas, del Self-made man, el hombre autorrealizado, tan querido para la cultura vigente.

En términos populares, el narcisismo ha derivado en un sinónimo de vanidad excesiva, de una sobrecarga de autoadmiración, de un yo ampuloso o de una exageración autoperceptiva, de una inflación yoica y de una infatuación vivencial. Somos más reales en Internet, que en el espacio de nuestra vida cotidiana. Podemos pensar que huimos de lo que a Siddhartha, el iluminado, le trataron de evitar sus padres: la vejez, la pobreza, la enfermedad y el sufrimiento. En la cultura occidental, es lo que no nos gusta mirar: al loco se le encierra en manicomios, al anciano en asilos. Evitamos ver en ese espejo oscuro de la existencia, lo que nos habla de la fragilidad de la vida misma.

En el zen, hay un desapego que otorga al hombre más libertad, desprenderse, no de las cosas materiales, sino de los afectos. Los sentimientos negativos a veces son más profundos que los positivos, debemos identificarlos y procesarlos, pero nunca negarlos. Hay que intentar dejar el yo, es ficticio, diría Lacan.

Borges (parafraseando a McLuhan, creo que inconscientemente), dice (de manera hermosa) que, de todas las extensiones de nuestro cuerpo, la más importante es el libro, porque es la extensión de nuestra imaginación.

Agrego al cine, porque, lo considero una extensión de nuestros sueños. El cine es la perfecta conjunción entre soñar, soñar despierto, fantasear e imaginar. Al mismo tiempo que hace la vida más soportable y algunas veces, más feliz.

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Jean Faucheur, Mademoiselle Chic, 1998. Cortesía del artista.

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Jean Faucheur, Circles of life (Círculos de vida), 2001. Cortesía del artista.

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Jean Faucheur, Amélie, 1998. Cortesía del artista.

«Hay un mandato social superyóico, que nos dice qué hacer con nuestro ocio, qué estudiar y dónde trabajar ».

Raúl Molina. Maestro en terapia psicoanalítica y Doctor en clínica psicoanalítica. Se especializó en la teoría de Jacques Lacan con el Doctor Marcelo Pasternac. Estudió teoría cinematográfica, con el director de cine brasileño, Gilberto Macedo.

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