LAS EMOCIONES, UN VEHÍCULO EN LAS RELACIONES DE PODER

Todas las imágenes son de Alan Rogerson.

por Yosu Ferré

EN LA HISTORIA DEL PODER Y LA POLÍTICA VEMOS UNA Y OTRA VEZ QUE EXISTE UNA RELACIÓN DE CODEPENDENCIA ENTRE LAS EMOCIONES DE LOS QUE GOBIERNAN Y LAS DE LOS GOBERNADOS. ENTENDER ESTAS DINÁMICAS ES UN PUNTO CLAVE EN EL CAMINO PARA LOGRAR GOBIERNOS Y DEMOCRACIAS MÁS JUSTAS Y SÓLIDAS.

“La permanencia de una dinastía [en China] está refrendada por el ‘Mandato del cielo’ (Tianming).
El cielo (Tian) permite a los emperadores gobernar,
sólo si administran de forma acertada el poder.
Si el gobierno entra en decadencia, los emperadores pierden el mandato del cielo”.

—Daniel Tubau¹

Sería difícil encontrar un pensador político afamado en Occidente que no haya dedicado a las emociones suficiente atención. Desde Aristóteles y Platón, hasta Hobbes, Descartes y Smith,² han dedicado parte de su análisis al “ejercicio, la distribución y organización del poder”³ y su intrínseca relación con las emociones humanas.

Para algunos politólogos es difícil hablar de ellas, no sólo por el posible estigma cultural que cargan, sino porque “las emociones parecen menos firmemente observables”.4 Es decir, es menos sencillo distinguirlas y mucho menos esquematizarlas y medirlas.

La relación entre las emociones y la política es aún más compleja en la actualidad, ya que una de las características de las democracias liberales en las que vivimos y del pensamiento político actual es la desestimación de la perspectiva emocional en lo referente al ámbito político. Es decir, “la visión de la teoría política dominante es que las políticas del progreso y la democracia requieren más razón y menos emoción”.5 A pesar de lo anterior, las emociones no dejan de tener un rol sustancial en el ejercicio y la instauración de las relaciones de poder.

Es posible abordar la relación entre las emociones y el poder desde dos perspectivas: por un lado, la influencia que ejercen las emociones en quien detenta el poder, por otro, el impacto que tienen sobre los sometidos o dominados bajo el mismo poder. En otras palabras, una fija su atención en las emociones del sujeto que ejerce el poder (el príncipe para Maquiavelo, por ejemplo), mientras que la otra se concentra en las emociones colectivas de los sujetos objetivados sometidos al poder (los cuerpos disciplinados para Foucault).

Para la primera perspectiva, el énfasis suele ponerse en las disposiciones emocionales fijadas temprano en la vida de los líderes políticos, que se utilizan para dar cuenta de las orientaciones estables que muestran al lidiar con las situaciones recurrentes, las crisis y las decisiones que enfrentan.6 Para la segunda se suele concentrar en cómo las emociones de individuos se agregan a grupos y cómo éstas estructuran e impactan las relaciones,7 al generar emociones colectivas que tienen distintas consecuencias, algunas de ellas —reflejadas en encuestas y sondeos, por ejemplo— claramente políticas.

A pesar de que la relación entre ambas perspectivas —la que se concentra en el sujeto detentador y la que se enfoca en el sujeto sometido al poder— aparenta ser una simple relación de opuestos, no es estrictamente binaria ni estática, sino que es característicamente diversa y dialéctica. Ambos se encuentran en una relación de codependencia en la que las emociones constituyen el vehículo perfecto para imponer y perpetuar los roles de superioridad y de sumisión, dominio y dominación, pertenencia y otredad. Más aún, la interiorización a un nivel emocional de ambos roles crea una ilusión de naturalidad en la desigualdad de las relaciones de poder, azuzando las asimetrías.

Es posible entonces argumentar que el proceso político en el que se instaura una relación de poder, que podría concebirse exclusivamente vertical —en el sentido de colocación del rol de superioridad de unos sobre otros— es en verdad un proceso dialéctico en el que las emociones juegan un papel sustancial y de cuyo balance depende, en última instancia, la existencia misma del poder. En otras palabras, tan sustancial es a la relación de poder la interiorización emocional del rol de superioridad, como la propia aceptación de la imposición de un rol de sumisión.

Si bien este proceso político, en el que intervienen las emociones, tiende a perpetuar los roles asignados, gracias a su carácter dialéctico y dinámico, puede destruir las mismas relaciones e incluso intercambiar los roles de dominación-sumisión.

Se podría pensar que cuando el nivel emocional se cruza con las relaciones de poder, el sistema de dominación-sumisión prima al imponer la superioridad de las emociones de uno sobre las del otro, pero en la realidad existe un cierto balance emocional entre ambos que permite esta situación. Si dicho balance llega a modificarse en alguno de los casos, se afecta la relación completa y se extingue la relación de poder en las condiciones tal y como se constituía.

En otras palabras, las emociones, al fungir como un vehículo para instaurar los procesos del poder, pueden llegar a prevalecer sobre las mismas relaciones de poder, al alterar sus tendencias y crear nuevas estructuras de relación.

Desde los niveles interpersonales hasta en la política de Estado, el balance emocional entre ambos sujetos de la relación de poder es condición necesaria para su existencia y no es en ningún momento un acto unilateral, exclusivamente vertical o estático, ya que las emociones pueden desbalancear el equilibrio de la relación de poder, terminándola.

A modo de ejemplo, aún en las dinastías chinas antiguas o en las democracias contemporáneas, el ejercicio del poder, de manera injusta o tiránica, que afecte el balance antes mencionado, provoca emociones opuestas a las relaciones de poder establecidas, como la rebeldía. Es posible encontrar ejemplos como en la terminología confuciana clásica, la pérdida del “mandato del cielo” haciendo referencia a la legitimidad de los gobernantes para con el pueblo.

Lo anterior es cierto incluso en distintos contextos históricos, pues aun contando con medios de fuerza para establecer y perpetuar relaciones de poder —valiéndose de las facultades verticales para inferir el control mediante el uso de la fuerza pública, por ejemplo— la interiorización del rol de sumisión a un nivel emocional forma la característica sustancial que facilita la existencia de la relación.

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Desde los niveles interpersonales hasta en la política de Estado, el balance emocional entre ambos sujetos de la relación de poder es condición necesaria para su existencia […].

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[…] el proceso político en el que se instaura una relación de poder […] es en verdad un proceso dialéctico en el que las emociones juegan un papel sustancial […].

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Alan Rogerson es un artista, ilustrador y caricaturista que vive en Cambridge, una pequeña ciudad medieval en el Reino Unido. En su trabajo explora con mucho ingenio y perspicacia las relaciones de poder. Con la traspolación de tiempos y símbolos nos invita a acercarnos al espectro de emociones humanas que resultan incómodas y repensar la manera en que construimos nuestras relaciones sociales y políticas. thealan.co.uk | Instagram @thebaggelboy

Yosu Ferré Berjón estudió relaciones internacionales en la UNAM. Ha hecho trabajos de investigación para el Colegio de la Defensa Nacional y para FLACSO. También ha trabajado para el Programa de Derechos Humanos México-Unión Europea, la Secretaría de Relaciones Exteriores y la Embajada de México en Estados Unidos.

1. Daniel Tubau, El arte del engaño (Barcelona: Planeta, 2018).  

2. G.E. Marcus, “Emotions in Politics” en Annual Review of Political Science, volumen 3 (2000).

3. Luz Marina Vanegas Avilés, “La ciencia política en las ciencias sociales” en Reflexiones, volumen 89, número 1, Universidad De Costa Rica San José, Costa Rica (2010).

4. Craig Calhoun, “Putting Emotions in Their Place” en Passionate Politics: Emotions and Social Movements, editado por Jeff Goodwin, James M. Jasper, Francesca Polletta (EEUU: University of Chicago Press, 2001).

5. G.E. Marcus, Op. Cit.

6.G.E. Marcus, Op. Cit.

7. Brent E. Sasley, “Theorizing States’ Emotions” en International Studies Review, volumen 13, número 3 (2011).

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