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LA VERDAD, EL TIEMPO Y LA HISTORIA

Para el psicoanálisis, hablar de la verdad es hablar de un saber no sabido. Paradoja inicial que intentaré dilucidar a lo largo del presente recorrido. Un saber que no se sabe y la posibilidad de acceder al mismo es lo que permitiría obtener la tan ansiada claridad que busca el individuo a lo largo de su existencia. Al menos esa es la propuesta de Freud, llegar a dar cuenta de que aunque nos encantaría que no fuese así, nosotros NO somos dueños de nuestra propia casa.

.por j imena pérez montero

Con el descubrimiento del inconsciente y la apuesta teórica freudiana ya evidente en la publicación de dos de sus obras más importantes1 el padre del psicoanálisis vuelve evidente lo no-sabido-ya-sabido. Son muchas las manifestaciones de una verdad más allá de nosotros mismos que nos han acompañado a lo largo de la historia y desarrollo de la humanidad.² Por decirlo de una forma coloquial, esas manifestaciones se han encontrado en la vida cotidiana, las teníamos en nuestra nariz y habíamos estado ciegos ante ellas.

Pareciera que encontrar la verdad es un acto de inmensa voluntad y esfuerzo y sí, en parte. Cuando intentamos resolver un problema matemático, o estudiar lógica, llegar a dar cuenta de lo verdadero es toda una complicación. ¿Qué es lo que lo vuelve tan diferente en relación al psicoanálisis? Generalmente se asocia la verdad con el entendimiento. Lo correcto con lo verdadero. De ahí el ejemplo que ponía sobre las matemáticas, lograr encontrar el resultado correcto de la ecuación implicaría obtener la verdad.

Afortunadamente el psicoanálisis, la vida psíquica y la escucha clínica, no funcionan de esa forma. Para dar cuenta de una verdad basta escuchar.

Introduzco ahora una segunda paradoja: verdad y saber no se encuentran tan cerca como regularmente se piensa. Acá de lo que se trata es de una verdad que no se sabe. La verdad entonces es un registro de algo que es imposible saber con antelación.

Para fundamentar lo anterior habría que tener noción de que nos encontramos trabajando con una verdad inconsciente. El sujeto puede saber muchas cosas, su nombre, sus metas, sus ideales, su posición política. No es ese el tipo de verdad que colige el psicoanálisis. Es una verdad tan constitutiva que resulta por completo desconocida. Es justo de lo que el individuo no puede dar cuenta y muy a pesar de sus esfuerzos, lo comanda.

¿Cómo dar cuenta de esto? He ahí el genio de Freud. Se puede conocer lo verdadero del sujeto en función de aquellos pequeños momentos donde surge algo de ese sujeto y donde no se reconoce. El decir una palabra por otra, el trastrabarse, el equívoco, el olvido, el sueño… todas son manifestaciones de eso verdadero que nos acompaña día con día. Freud se refiere a estos actos como manifestaciones de lo inconsciente, actos que posibilitan dar cuenta de algo que desconocíamos de nosotros mismos.

En su libro Psicopatología de la vida cotidiana (1901), Freud, aludiendo a un artículo de Wilhelm Stekel, se refiere a las manifestaciones de lo inconsciente como confesiones inconscientes. Es precisamente eso lo que ocurre, confesamos la verdad ahí donde no nos damos cuenta. Esos pequeños errores son la verdad. Hablan de la verdad. Nos advertirá Lacan que “…el error es la encarnación habitual de la verdad”.³

Si decidimos confiar en estas palabras, lo siguiente será preguntarnos ¿qué es entonces lo que se necesita para poder acceder a la verdad? Correré el riesgo de contestar esa pregunta de forma rápida siempre es un riesgo la rapidez, pero acá no hay mucho tiempo—. Se requeriría escuchar-se. No cometamos el error de disminuir el reflexivo de la palabra. ESCUCHAR-SE a sí mismo.

Decía que corría un riesgo pues mi aseveración simplifica las complejidades ocultas en el proceso de la escucha. Escucharse no es sencillo. No solo es necesario que esté ahí un otro que te escuche, en la búsqueda de la verdad, es necesario que uno se atreva a escucharse a pesar de lo que uno diga. Poder despegarse un poco de las apariencias, del dolor, de la educación, de lo moralino. Atreverse a internarse en la profunda angustia que puede surgir, animarse a reír del equívoco que puede aparecer denotando una verdad.

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Freud, recurriendo a la escritura de Goethe, nos advierte de las implicaciones de intentar despertar espíritus en uno de sus textos sobre la transferencia. Habrá que tener claro, en la medida de lo posible, las dificultades que acarreará el intentar acceder a una verdad no sabida. Uno no puede intentar despertar a los espíritus para después salir corriendo.

Ocurre regularmente que el internarse por estos senderos se vuelve extremadamente doloroso, confrontarse con los espíritus que burlan el tiempo y permanecen en la historia no es sencillo, más no hay muchos caminos que nos guíen hacia la verdad.

Podría plantearse una coincidencia del psicoanálisis y la vida cotidiana en la búsqueda de eso que enunciamos como verdad: la valentía. Aquel que busca es valiente. Sabe que dolerá y aun así permanece con posterioridad dará cuenta que en su momento le era imposible dimensionar la cantidad de esfuerzo que dicha búsqueda requeriría. La diferencia entre quien está advertido sobre el psicoanálisis y quien no, en lo que al buscador de la verdad respecta, es la posición del que emprende la búsqueda. Es decir, aquel que ha iniciado lo que el oráculo de Delfos aconsejaba4, podrá dar cuenta de que no se trata de un hombre todopoderoso, rebosante de herramientas y posibilidades. Podríamos afirmar que el que busca la verdad es quien de inicio se sabe incompleto, imposibilitado, adolorido; el saberse en falta como vehiculizador de la búsqueda de una verdad. De SU propia verdad.

El psicoanálisis no busca dar cuenta de una verdad que logre apegarse a la realidad compartida, fenoménica, temporal. Para el psicoanálisis es posible la construcción de UNA verdad, la propia. Sería imposible poder dar cuenta de la verdad de otro sujeto, porque no es algo que pueda saberse sin el sujeto implicado en su búsqueda. Se requiere que el sujeto de la enunciación se encuentre (re-encuentre) en sus enunciados.

La verdad devendrá en función de esa historia y de ese tiempo. No hay una verdad, existen verdades que se van articulando conforme la historia se narra, y el tiempo transcurre.

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Inicié el recorrido con el título de una de las pinturas que recorrerá su mirada al leer estas líneas; mismo que he decidido reproducir para el presente artículo: La verdad, el tiempo y la historia. Tal pintura y tal título me resuenan; los tres elementos están imbricados y articulan al sujeto. No podría pensarse la verdad sin pensar en el tiempo y en la historia o en la historia sin pensar en el tiempo y la verdad—. Se vuelve entonces necesario resaltar la importancia de esa historia para esa verdad, en ese tiempo. Y es que tanto la verdad como la historia en psicoanálisis se piensan en singular.

La verdad devendrá en función de esa historia y de ese tiempo. No hay una verdad, existen verdades que se van articulando conforme la historia se narra, y el tiempo transcurre. De ahí la importancia de ser respetuoso con las verdades. La verdad es movible, flexible, contradictoria, mutante y reservada. Se va mostrando a cuentagotas cuando es el tiempo adecuado de la historia. Conforme el tiempo pasa, la historia cambia y la verdad se reacomoda.

Es importante que aquel que quiera aprender a despertar los espíritus ajenos se encuentre advertido de la gran pasión con que debe escucharse la historia de alguien más; ser cuidadoso de su tiempo y profundamente respetuoso con sus verdades. Esas que el sujeto va construyendo sesión por sesión, lágrima a lágrima. Ese es el camino por el cual el sujeto puede reconstruir su historia, aprovechar su tiempo y cambiar sus verdades.

Afortunado el hombre que tiene la posibilidad de hablar, él puede hacer con sus verdades.

 
 


Jimena Pérez Montero. Lic. en Psicología por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Especialidad en Clínica Psicoanalítica por la Red Analítica Lacaniana. Estudios de Maestría en Teoría Psicoanalítica por el Colegio de Psicoanálisis Lacaniano. Doctorante en Psicoanálisis por el Colegio de Psicoanálisis Lacaniano. Miembro fundador de la Escuela de la Letra Psicoanalítica. Psicoanalista, docente y acompañante terapéutico.

 
 
 
 
 

 


CITAS:
1. La interpretación de los sueños (publicada en 1900) y a la Psicopatología de la vida cotidiana (publicada en 1901).
2. Como bien lo denota Freud, este tipo de situaciones ha estado tan presente en la humanidad, que encontramos ejemplos en la literatura. Un texto literario de Shakespeare nos da un buen ejemplo: Freud subraya cómo Lady Macbeth se delata por un equívoco.

3. Lacan lo retoma después de una lectura que realiza de un texto de San Agustín en donde se debate el valor de la palabra, en la clase titulada La verdad surge de la equivocación, de su primer seminario de la edición a cargo de Jacques Alain Miller.
4. “Conócete a ti mismo”.

Bibliografía:
Sigmund Freud, “Psicopatología de la vida cotidiana” en Obras Completas, volumen VI (1901), trad. José L. Etcheverry, Buenos Aires, Amorrortu, 2004.
Jacques Lacan, El seminario de Jacques Lacan: libro 1. Los escritos técnicos de Freud. 1ª ed. 16ª reimp.- Buenos Aires, Paidós 2009.

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