LA LITERATURA Y LAS EMOCIONES

Mara Carver, El mundo es la historia de la invisibilidad, 2018. Cortesía de la artista.

por Carlos Azar

EN EL MUNDO LITERARIO, LA RELACIÓN QUE ESTABLECEN LOS LECTORES Y ESCRITORES CON LOS SENTIMIENTOS ES DISTINTA. MIENTRAS QUE EL LECTOR TIENE LA POSIBILIDAD DE PERDERSE EN LAS EMOCIONES QUE LEE, EL TRABAJO DE QUIEN ESCRIBE ESTÁ OBLIGADO AL RIGOR RACIONAL PARA DESCIFRAR Y ACERCAR AL LECTOR A SUS PROPIOS PROCESOS EMOCIONALES.

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Las emociones en la literatura han transitado por una paradoja: el escritor debe avanzar por caminos racionales para construir procesos emocionales.

En su Decálogo de 12 puntos (en el que el lector tiene la posibilidad de descartar dos incisos), Augusto Monterroso aconseja a los escritores: “No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio.” Ya William Faulkner, ése que dijo, cuando le anunciaron que había ganado el Premio Nobel, que debía tratarse de un error porque él tenía que limpiar la chimenea, había sentenciado que un escritor debía ser capaz de matar a su propia madre, porque ninguna vida de cualquier viejecita valía más que un verso de Keats. Las emociones en la literatura han transitado por una paradoja: el escritor debe avanzar por caminos racionales para construir procesos emocionales. Aunque hayamos mordido el anzuelo de creer que la literatura solamente se refiere a las emociones, la verdad es que el escritor, como lo dice Monterroso y sentencia con una bofetada Faulkner, debe vivir alejado de ellas para crear sus obras. Ese anzuelo nos arrojó en la poesía después de nuestra primera decepción amorosa en la secundaria y, presas de una emoción desproporcionada, escribimos “las perlas de tu boca” y “el cielo llora” como si creyéramos que nunca un poeta había creado esas metáforas. Luego alguien estiraba la mano y nos entregaba Los 20 poemas de amor de Neruda y por supuesto creíamos que podíamos escribir los versos más tristes esa noche, sin mirar que al poeta le había obsesionado el tetradecasílabo y los ritmos que surgían de él.

En la literatura, la respuesta emocional puede dispararse desde diferentes distancias; como lectores podemos internarnos en ella y permitir que nos arrope hasta olvidar el entorno empírico, pero también podemos permanecer distantes, contemplando el espectáculo imaginativo que se ofrece. No obstante, como escritores, es necesario olvidar cualquier enredo emocional para alcanzar el procedimiento que permita a los lectores aspirar a la emoción. La simpatía o la antipatía de un autor por su obra o sus personajes pueden impedir el desarrollo cabal de la obra; sin embargo, abordarla desde la empatía y la distancia emocional, permitirá al autor establecer las estrategias para que los lectores se acerquen a la obra. Muchos jóvenes imitaron el suicidio del joven Werther luego de leer la novela de Goethe, pero ese hecho solamente revela que las emociones de los lectores adolescentes alcanzaron los recursos racionales que el autor desarrolló. ¿Goethe es el responsable de tantos suicidios? Obviamente no. Él sólo fue aquel que permitiera nombrar el proceso emocional de una sociedad enferma. El autor dio lugar a la palabra racional que permitió que las emociones de los otros tuvieran lugar.

Se sabe que el autor acude a diversos recursos para llevarla a cabo: establece la ambientación, genera el contexto, busca una trama que le sirva, deja caer su espalda en el estilo, en la creación de personajes que se confronten, investiga qué voz le sirve al narrador y termina por depender de la tensión argumental y construir un juego de espejos con los otros, “y los otros somos todos”, dijo Jean-Paul Sartre. Pero todos esos recursos pasan por la razón y sólo así, pueden llegar a la emoción.

John Gardner en El arte de la ficción dijo que el asunto primordial de la ficción ha sido, es y siempre será la emoción humana, las creencias y los valores de los seres humanos. El que lee lo sabe y se acerca en plena conciencia para descubrir sus emociones; el que escribe logra esconder las suyas y se abraza a los recursos para construir su obra. En esta paradoja la literatura crece y vive, como dijera Shakespeare, en “el corazón de mi corazón”.

Mara Carver es una poeta y artista visual que vive en Barcelona. Ha participado en exposiciones y festivales, tanto en España como a nivel internacional. Ha publicado su poemario Donde planean los pájaros con la editorial independiente Piezas Azules. Dirige NUDO, festival de poesía desatada, y coorganiza el Festival de Collage de Barcelona. maracarver.com y
vimeo.com/maracarver | Instagram @tita_berasategui y @tita_be

Carlos Azar Manzur es corrector de estilo de la revista Capitel de Universidad Humanitas.

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