LA FUERZA Y EL HORIZONTE: UNA LÍNEA TRAS OTRA

Alejandro Londoño, Acapulco, México. De la serie Paisaje doméstico, 2018. Cortesía de SGR Galería. sgr-art.com

por Andrea Bravo

LA PRODUCCIÓN ARTÍSTICA DE ALEJANDRO LONDOÑO PONE EN JUEGO LAS CERTEZAS DE LOS TRAZOS TECNOLÓGICOS ANTE LA INCERTIDUMBRE DE LAS GEOGRAFÍAS QUE LE SIRVEN DE BASE. UNA EXPERIENCIA, INTERESANTE Y PECULIAR, QUE SE INSERTA EN UNA TRADICIÓN Y DEMUESTRA QUE TODOS LOS CAMINOS PUEDEN YA ESTAR TRAZADOS.

La práctica artística de Alejandro Londoño (Bogotá, 1989) surge de la reflexión en torno a los posibles diálogos que pueden establecerse entre el arte y la tecnología. Una reflexión que está más inclinada hacia el cuestionamiento que a la cavilación: qué se gana y qué se pierde cuando los algoritmos y el golpeteo de los dedos contra el teclado construyen gran parte del universo de imágenes que consumimos hoy.

En este tono, la serie Paisaje doméstico, presentada hace apenas unos meses en Salón ACME No. 7 en la Ciudad de México, es un catálogo de escenas a renglón de la geografía mexicana que, a pesar de estar pintadas a mano, parecen dibujadas a partir de la pincelada firme y mecánica de un procesador. 

Inserto en la tradición paisajista mexicana representada por los valles de Velasco, los volcanes del Doctor Atl, los celajes de Gabriel Figueroa y las escenas rurales de Mariana Yampolsky, Londoño actualiza la técnica al descargar cartografías virtuales de GoogleEarth para a partir de ellas revisitar, con el confort de la virtualidad, los paisajes bucólicos de nuestro país. En este proceso de creación se pone en evidencia una doble traducción: de horizontes analógicos a perspectivas digitales que después se transcriben, con plastas de acrílico, del lenguaje binario de la computadora al lenguaje plástico exhibido en la galería.

Las líneas de color que dibujan las imágenes son planas y van del blanco al añil, luego de pasar por violetas, ocres y rosados. Con ellas el artista pinta un atardecer en el Pacífico, una postal caribeña o estepas neoleonesas, al mismo tiempo que indaga sobre los horizontes de la topografía a partir de la repetición. Cada renglón de color —bien delineado y saturado— tiene lugar en el cuadro como en una lista numerada y aparece en el inventario estético de la obra para suprimir uno a uno los detalles (un pájaro volando, el cráter de un volcán, un montón de sargazo) e inyectar de una esterilidad clínica y abstracción a la imagen. El resultado final es una serie de paisajes virtuales que con cierta impaciencia aspiran a lo sublime, pero terminan atascados en lo mecánico, arrojando al espectador a un lugar extraño entre la ficción y la realidad, a un limbo entre lo académico del título y lo parsimonioso de la imagen.

En estos paisajes, precisos que no preciosos, más cercanos a la estética del Op art que al romanticismo alemán, Londoño reemplaza la sensibilidad y la alegoría por la pericia informática y quienes observamos nos vemos obligados a desplazarnos de la contemplación a la codificación. La profundidad metafísica de la naturaleza se queda estancada cuando se visita el territorio en una pantalla y se lee por el filtro de la digitalización.

Con este trabajo Londoño actualiza la propuesta de los paisajes cósmicos del romanticismo en la medida en que nos enfrenta a nuestro estado aturdido y perplejo, sólo que ahora ya no es la naturaleza sublime y salvaje la que abruma el espíritu sino el reino soberbio de la información que con su omnipresencia y sobreexposición cala de la misma forma en que lo hace un mar de hielo.

Una línea tras otra, con exactitud geométrica y de coloración, las escenas creadas por Londoño reproducen la fuerza del horizonte y nos devuelven, con ímpetu, a nuestro modesto lugar.

[…] un catálogo de escenas a renglón de la geografía mexicana que, a pesar de estar pintadas a mano, parecen dibujadas a partir de la pincelada firme y mecánica de un procesador.

Saber captar los destellos, las texturas recónditas de la resina, el brillo de la fibra de vidrio, la luz de la madera, la frialdad del metal, la porosidad del cemento, el secreto arenisco de la tela o el candor de la cerámica con su maleabilidad ancestral, son cualidades que ella posee y expresa, y con las que da forma a sus distintas esculturas. En sus palabras, es alguien a la que le “encanta aprender y experimentar con técnicas nuevas. Tengo la firme convicción de que el aprendizaje y la constancia son la base para alcanzar distintos horizontes”.

La escultura es su creación, “el medio por el que puedo expresar mi manera de ver la belleza en los objetos cotidianos”. Los elementos se abren a nuestra imaginación, nos llevan a un viaje imaginario, por ejemplo, en la flotilla de navíos de origami que navegan por un mar de pedrería: “Fue una instalación en donde traté de concientizar al espectador de cuidar los recursos naturales, en este caso, el lago de Pátzcuaro que desgraciadamente ha bajado su nivel de manera alarmante”.

Hay una inquietud de orden natural a favor del cuidado ambiental, de la toma de conciencia de nuestros recursos naturales. Hay una relación poética con los objetos cotidianos, que ella define: “Tiene que haber armonía en la composición, las esculturas describen mi propia percepción de lo que vivo y me rodea, así como de lo que guardo en mi mente y mis recuerdos”.

Cargados de una consistencia sublime, aunque sean partidarios de contextos habituales, ha “logrado desarrollar una personalidad sensible hacia el objeto cotidiano, buscando resaltar la belleza propia del objeto. La aproximación a tales áreas creativas me ofrece la oportunidad de plantear un proyecto escultórico. Utilizo la escultura como un medio para representar los objetos ordinarios y llevarlos a lo extraordinario. En mi obra los objetos dialogan con los valores estéticos y artísticos de una propuesta contemporánea, al cargar de un valor semántico a objetos comunes ofreciéndoles un valor monumental”.

Hasta el momento ha participado “en dos exposiciones individuales en el Exconvento de Tiripetío y en el Centro Cultural Antiguo Colegio Jesuita en Pátzcuaro y en 11 exposiciones colectivas, tanto en Michoacán como en varias ciudades del Bajío”.

Apasionada por la escultura, define al amor como “la base de todo, porque es el punto de equilibrio de las cosas. Por lo tanto, el amor juega un papel muy importante en mi vida, ya que no me podría dedicar a hacer esto que tanto amo sin el apoyo incondicional y el amor de toda mi familia. Y creo que si no amara lo que hago no sería tan fiel y comprometida con mi trabajo y éste, a su vez, no me daría tantas satisfacciones personales”.

Y así los objetos cotidianos que a veces extraviamos con la mirada, en las manos de Susana Sierra Johnson, continuarán adquiriendo una proporción de permanencia y eternidad.

ACULTZINGO, MÉXICO, 50x70 cm, Acrílico sobre Metacrilato, 2018

Alejandro Londoño, Acapulco, México. De la serie Paisaje doméstico, 2018. Cortesía de SGR Galería. sgr-art.com

GUANAJUATO, MÉXICO, 50x70 cm, Acrílico sobre Metacrilato, 2018

Alejandro Londoño, Guanajuato, México. De la serie Paisaje doméstico, 2018. Cortesía de SGR Galería. sgr-art.com

[…] paisajes virtuales que con cierta impaciencia aspiran a lo sublime, pero terminan atascados en lo mecánico […]

JUCHITEPEC, MÉXICO, 100x70 cm, Acrílico sobre Metacrilato, 2019

Alejandro Londoño, Juchitepec, México. De la serie Paisaje doméstico, 2019. Cortesía de SGR Galería. sgr-art.com

LAGO CHALCO, MÉXICO, 100x70 cm, Acrílico sobre Metacrilato, 2019

Alejandro Londoño, Lago de Chalco, México. De la serie Paisaje doméstico, 2019. Cortesía de SGR Galería. sgr-art.com

NUEVO LEÓN, MÉXICO, 50x70 cm, Acrílico sobre Metacrilato, 2018

Alejandro Londoño, Nuevo León, México. De la serie Paisaje doméstico, 2018. Cortesía de SGR Galería. sgr-art.com

PLAYA DEL CARMEN, MÉXICO, 175x110cm, Acrílico sobre Metacrilato, 2017

Alejandro Londoño, Playa del Carmen, México. De la serie Paisaje doméstico, 2018. Cortesía de SGR Galería. sgr-art.com

Andrea Bravo es Coordinadora Editorial de la revista Capitel de Universidad Humanitas.

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