La escritura y su doble

por Cuitláhuac Moreno Romero

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¿Cuál es el origen y el significado de la identidad en la escritura? ¿Cómo diferenciar al autor, la obra y su interpretación? Este texto nos ayuda a pensar en estas configuraciones a partir de ejemplos literarios específicos.

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«Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiese la novedad continua que es escribir, moriría simbólicamente todos los días.»

-Clarice Lispector

Cuando se trata de literatura, de narración o de escritura, la cuestión de la identidad se torna compleja, pues no es claro si aquello que se transparenta en la obra de arte literaria es la vida del autor de la obra, o si acaso la de los personajes que aparecen ahí. Esto apunta directamente a si los individuos retratados en un relato tienen alguna independencia respecto a la vida del escritor.

La famosa frase de Gustave Flaubert “Madame Bovary c’est moi”, implicaba no solo que él era el autor de la novela, el creador del personaje, sino también que el personaje que había creado era un reflejo de sí mismo, una versión alterna de su vivir y sentir. Nunca se corroboró que Flaubert haya dicho tal sentencia, no quedan registros de ello, pero el escenario parece interesante para retomar un problema: justo tras la publicación de la novela (1856), el autor es llevado a juicio por la Comisión de los Delitos de Ultraje a la Moral Pública y la Religión. Esto debido a que la novela retrata la vida de Emma Bovary, sus aspiraciones burguesas, su matrimonio con un médico mediocre y una serie de adulterios y faltas que culminan en el suicidio. En la época, la historia se interpretó como un desafío a las tradiciones, a la voluntad divina y también a los valores de la alta burguesía. Jamás antes una mujer había mostrado con tanta fuerza —aunque fuese desde el ámbito de la ficción— el deseo por abandonar la vida asignada socialmente a su género, y preferir abrazar la muerte antes que la pobreza a la que se había condenado por sus malos manejos de dinero. A pesar de todo lo que separa la vida, ideas, circunstancias y destino de Gustave Flaubert respecto a  Emma Bovary, el escritor afirma en medio de dimes y diretes: “Madame Bovary soy yo”, queriendo decir quizá que ese desprecio que siente Emma frente a la sociedad francesa, ha surgido de él. ¿De quién son las ideas y la vida que aparecen en la novela: de Gustave o de Emma? ¿Qué queda del individuo en la escritura de ficción? ¿Lo que se muestra necesariamente se basa en su vida, en sus observaciones o en qué cosas?

Otro tanto podría decirse de James Joyce y las dos figuras que atraviesan las calles de Dublín en su Ulises: Leopold Bloom, que suele interpretarse como la versión del propio Joyce ya viejo, y Stephen Dedalus, el mismo personaje que ya había aparecido en su Retrato del artista adolescente, y que vendría a ser la representación de James Joyce cuando era joven. La novela se desenvuelve en un día, el 16 de junio de 1904 (Bloomsday); Bloom y Stephen pasan una jornada casi cualquiera, en medio de situaciones cotidianas cruzan la ciudad, se encuentran en un bar, se emborrachan. En el Ulises, Joyce lanza tenues o marcadas referencias a un amplio espectro de la historia de la literatura, principalmente a la Odisea.

Este rodeo no es para mostrar que la obra literaria no es el simple espejo del autor, sino que incluso puede ser el reflejo de otras obras con las cuales está construida. La identidad del Ulises de Joyce no solo despliega las inquietudes del escritor irlandés, sino las propias de la constelación de obras con las que se entreteje la novela misma.

La obra de arte literaria no es solo un puente entre la visión del autor y el espectador, el texto no es un mensaje claro o nítido, sino una entidad semi-autónoma que se desenvuelve en el tiempo, y en ese mismo devenir, se diferencia hasta de sí misma a partir de las distintas interpretaciones que va adquiriendo y que le da su propia historia.

Cuando se trata de un texto anónimo autobiográfico, incluso si no pudiésemos encontrar testimonios fieles sobre si lo que se retrata realmente ocurrió, es claro que allí se despliegan por lo menos dos tipos de identidades: la del personaje-escritor y la de la obra escrita en autonomía. Anna Frank fue una entidad distinta de su Diario.

Sobre la cuestión de la escritura de los diarios, podemos encontrar un buen acervo de problemas en distintos ejemplos. Quizá el más extravagante sea el caso de Anaïs Nin, escritora fiel a la palabra y a su verdad, dedicada a plasmar su vida lo mismo en las novelas que realizó como en los diarios en los que depositó sin pudor alguno los detalles más minúsculos de sus relaciones afectivas, económicas, sociales y sexuales, con los hombres y mujeres con quienes interactuó a lo largo de toda su vida. Friedrich Nietzsche solía decir que “los poetas carecen de pudor con respecto a sus vivencias: las explotan”¹; en el caso de Anaïs Nin no podría ser más exacto y al mismo tiempo más errado, pues que se inspire en su vida cotidiana no quiere decir que eso pasaría a la novela sin ningún proceso de edición. Vida y obra no son homólogas aunque estén interconectadas. Las páginas reunidas de sus diarios completos ascienden a casi 35 mil cuartillas. Ella misma explica cómo separa una escritura de otra:

Mi libro (una novela) y mi diario se interponen constantemente el uno en el camino del otro. Me es imposible divorciarlos ni reconciliarlos. Sin embargo, soy más leal a mi diario. Incluyo páginas del diario en el libro, pero nunca pongo páginas del libro en el diario, lo cual viene a demostrar una lealtad humana a la autenticidad humana del diario.²

1 F. Nietzsche,  Más allá del bien y del mal, §161.

2 Anaïs Nin, Diario. 3 vols. I (1931-1934), edición de Gunther Stuhlmann, Barcelona, Bruguera, 1981.

Leo & Pipo, Leo & Pipo / Collage LVIII, 2015. Cortesía Leo & Pipo.

Leo & Pipo, Leo & Pipo / Collage LVIII, 2015. Cortesía Leo & Pipo.
Leo & Pipo, Leo & Pipo / Collage LVIII, 2015. Cortesía Leo & Pipo.

Durante su vida, Anaïs Nin publicó amplios fragmentos de sus diarios en medio de sus novelas, cambiando ligeramente situaciones, nombres y otras referencias. Tomó dicha medida para dejar cuenta de su vida bohemia. Sabía que no solo escribía sus novelas o apuntes, sino que era la autora intelectual de su propia trama, hizo de su vida una obra de arte. Además de su relación incestuosa con su padre, la serie de coqueteos, enamoramientos e infidelidades con varios intelectuales y artistas de la época (Antonin Artaud, Henry Miller, su esposa: Junes Mansfield), en sus diarios se encuentran descritos de manera detallada lo que aparecía de forma encubierta en sus obras de ficción. Si leemos las novelas, faltan las referencias exactas respecto a las situaciones en su vida, sin embargo ahí también está presente la verdadera Anaïs, la que incluso dice una verdad específica detrás de la mentira: su encubrimiento habla de algo distinto que el mero miedo a la verdad, habla de la necesidad de desdoblarse en medio de la máscara que somos y los personajes en los que nos queremos ver reconocidos. A medio camino entre Gustave Flaubert y Emma Bovary, autor y personaje, Anaïs escribe en sus diarios:

Mi mente no debe morir porque soy escritora. Soy el poeta que necesita ver. No soy únicamente el poeta capaz de embriagarse con la belleza (...) Creo realmente que si no fuera escritora, si no fuera creadora, experimentadora, hubiera sido una esposa fiel. Valoro mucho la fidelidad. Pero mi temperamento pertenece a la escritora, no a la mujer. Tal división podrá parecer infantil, pero es posible. Quitando la intensidad, el chisporroteo de ideas, queda una mujer que ama la perfección. Y la fidelidad es una de las perfecciones. Ahora lo encuentro tonto y poco inteligente porque tengo planes de más alcance en mente. La perfección es una cosa estática y yo reboso de movimiento. La esposa fiel no es más que una fase, un momento, una metamorfosis, una condición

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Leo & Pipo, Le MUR (rue Oberkampf), 2015. Cortesía Leo & Pipo.

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Los escritores conocen a profundidad el peligroso oficio de convertirse en alguien más. Todo relato involucra de suyo una posibilidad diabólica, volverse otro, y hasta cierto punto desaparecer.

En las leyendas populares alemanas existe un personaje peculiar: el doppelgänger (el doble), la tradición dice que cada hombre tiene un doble, todos somos la versión benévola o malvada de una identidad separada en opuestos-idénticos, cuando uno encuentra a su antípoda, adviene la muerte. El escritor E.T.A Hoffmann dedicó a este tema su novela Los elíxires del diablo.

Los escritores, personajes, su existencia real o ficticia, implican aquí el problema sobre cuál es el origen y el sentido de la identidad en la escritura, y esta cuestión tiene sentido solo a partir de su refracción. El juego de espejos alrededor de la identidad se ha establecido como el paradigma de la novela occidental, incluso cuando las referencias son “reales” el protagonista de la novela es entonces siempre una identidad desdoblada, escindida, y, en suma, algo editado, ficticio pero no por ello falso.

3 Cf. Anaïs Nin, Henry y June, traducción de José María Rodellar, Salvat Ediciones, Barcelona, 2006.

Cuitláhuac Moreno Romero es profesor de Estética en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde también realiza estudios de doctorado sobre ontología, arte y literatura en el pensamiento francés contemporáneo. 

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