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Justicia social y Capitalismo

Activistas, sociedad civil y algunos políticos luchan incisivamente por alcanzar cierto grado de justicia social en un contexto de capitalismo mordaz. Vale la pena detenernos un momento y analizar la naturaleza y origen del valor de la justicia, así como la práctica del capitalismo, para entender las paradojas y contradicciones que surgen cuando ponemos a jugar estos dos elementos en el mismo tablero.

Por Antonio Vegas García

El mundo, como bien sabían tanto los taoístas chinos como los presocráticos griegos, está compuesto por la lucha de contrarios: la felicidad no existiría sin la tristeza. Es por eso que la evolución del mundo se mueve mediante la síntesis de contrapuestos, como bien exponía Hegel.

Así, el capitalismo y el socialismo parecen ser dos contrarios más en lucha hacia la síntesis que hará evolucionar nuestro mundo. Aunque lo cierto es que el socialismo ha evolucionado enormemente hasta nuestros días y con ello la idea de justicia. Ante esta cuestión emerge el concepto de justicia social.

Para entender este entresijo, primero debemos preguntarnos: ¿qué es justicia? Ante todo, la justicia, al igual que la igualdad, pertenecen al reino del humano, del hombre, pues no es más que una ficción mental: no existe en la Naturaleza. ¿Es justo que exista la ley de la gravedad? ¿Es justo que un gato cace a un ratón? ¿Es justo que la belleza esté asimétricamente repartida entre los diferentes seres humanos? ¿Es justa la ley de la evolución? Estas preguntas carecen de sentido, porque todas ellas tratan de justificar a la Naturaleza, que por sí misma no tiene justificación. Existe sin más.

Ahora bien, los hombres en sus relaciones con otros hombres plantean ciertas ideas de justicia y sin duda que es necesaria la existencia de un código que apele a lo justo entre los hombres para promover el orden social. El problema surge cuando existen diferentes conceptos de justicia, excluyentes entre sí. Por ejemplo, la justicia de Marx: de cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad.

Lo cierto es que la igualdad y la justicia son conceptos diferentes y, además, que no hay mayor injusticia que la de tratar por igual a hombres que de por sí son diferentes, como bien afirmaba Platón. Así, observamos que la igualdad y la justicia no tienen por qué ir de la mano.

El concepto de justicia social rompe estos principios y supone una contradicción in terminis porque la justicia por definición debe pertenecer a la sociedad, la justicia de por sí es ya social. El término, lo que parece introducir, es que una sociedad capitalista requiere de mayor igualdad para que los ciudadanos vivan de una forma más justa. Pero lo que se está haciendo es identificar igualdad con justicia, que sabemos que son dos conceptos diferentes y no tienen por qué ser equivalentes.

Por otra parte, podríamos definir el capitalismo como una sociedad basada en contratos voluntarios y en la propiedad privada que, por evolución, ha terminado por usar el dinero como medio de intercambio y la acumulación de capital (ahorro) para aumentar la producción o riqueza.

Así, en contra de lo que muchos parecen creer, el capitalismo no es producto de la razón, no ha sido diseñado por nadie, ni forma parte de las pretensiones políticas de nadie. No es algo deliberado, sino espontáneo. Por tanto, el capitalismo no admite justificación racional ni tampoco puede ser reformado, al igual que el lenguaje que es espontáneo, consecuencia de las acciones cotidianas y libres de los individuos y no ha sido diseñado por ninguna institución. ¿Cabe justificar al lenguaje? ¿Cabe reformarlo? Tampoco al capitalismo.

En este sentido, ¿qué relación hay entre la justicia social y el capitalismo? Ambos son conceptos que pertenecen a los seres humanos, pero mientras que la justicia social es una valoración particular de cómo debería ser una

sociedad, el capitalismo no es más que la manifestación espontánea de las relaciones libres entre seres humanos, como el comercio.

El capitalismo, el mercado, o las decisiones voluntarias de los individuos, tienen como consecuencia la distribución de los ingresos de una sociedad de manera espontánea, mediante un proceso impersonal donde intervienen un gran número de sujetos, diferentes entre sí. Por tanto, es inaprehensible, trasciende los límites de la razón y es difícil comprender en su totalidad el mecanismo por el que esto se produce.

La justicia por otro lado es un concepto racional y deliberado, que está sometido al juicio de nadie. Por lo tanto el capitalismo nunca puede ser justo por su propia naturaleza, al igual que, por ejemplo, no lo son el lenguaje o la evolución de las especies. De hecho, las normas morales tampoco son producto de la razón, como bien decía David Hume, sino que son consuetudinarias: se asientan mediante la costumbre y van desarrollándose evolutivamente (pasando de padres a hijos), hasta que, en el largo plazo, son producto de la evolución humana y no fruto de una razón en particular.

En el capitalismo, las decisiones económicas (qué producir, cómo, cuánto, quién, etcétera) se toman más eficientemente de forma descentralizada, policéntrica, más que de forma centralizada, monocéntrica. Esto permite que los centros de decisión puedan gestionar menos volumen de información puesto que toda la información se ha dividido en numerosos centros de gestión, se ha diseminado. No es lo mismo que un órgano central estipule todas las decisiones económicas, a que lo hagan un elevado número de órganos, pues cada uno se especializará en aquella decisión que va a tomar. Por ello es la propiedad plural, en el sentido en el que los recursos estén poseídos por una pluralidad de individuos, lo que permite el eficiente funcionamiento del mercado.

Antes de establecer exigencias morales al sistema capitalista y de teorizar cómo debe o no ser una sociedad justa, conviene tener en cuenta que el sistema es producto de la espontaneidad de nuestras decisiones voluntarias tomadas día a día y que bajo un sistema capitalista no estamos relegados a un mero juguete de fuerzas irracionales sino a las decisiones del resto de individuos que nos obligan a satisfacer sus necesidades si nosotros queremos satisfacer las nuestras. Por lo tanto a la hora de modificar este sistema hay que ser conscientes de que estamos anteponiendo nuestra idea de cómo debe ser la sociedad a las decisiones voluntarias de millones de personas, ¿no es eso demasiado arrogante?

“No hay mayor injusticia que la de tratar por igual a hombres que de por sí son diferentes.”


Mtro. Antonio Vegas García (España, 1992). Es licenciado en Economía por la Universidad Rey Juan Carlos y Maestro en Finanzas por la Universidad Carlos III (2015). Actualmente es colaborador del blog Desde el exilio, y profesor asistente de Finanzas en EUDE Business School (Madrid).

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