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JOSÉ WOLDENBERG, DIAGNÓSTICO Y PROPUESTAS PARA CONJUGAR UN PAÍS MÁS LIBRE E IGUALITARIO

En la presente entrevista José Woldenberg nos comparte su visión del México actual, sus propuestas para mejorarlo y cómo llevarlas a cabo.

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Por Carlos O. Noriega

Me encuentro con José Woldenberg en su oficina en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Me recibe invitándome a sentar ante un escritorio repleto de papeles, fólders, revistas y libros. Es al medio día.

Woldenberg es alto y delgado, lleva puesto un saco azul a juego con una corbata y camisa blanca. Su pelo castaño es ondulado y su rostro alargado luce perfectamente afeitado. Usa lentes. Tiene 64 años de edad y es profesor de Ciencias Políticas y Sociales de esta facultad. Su trato es cálido, amable y respetuoso, sonríe a las preguntas que le formulo y se toma el tiempo de responderlas con gusto y gran precisión.

Es inteligente, culto, irónico y habla con mucha claridad. Le apasiona la política, la cultura, el cine, entre otras disciplinas artísticas. Es un hombre sencillo, de trato agradable y cordial. Es sociólogo, político, escritor y editor.

Entre sus libros publicados se encuentran Hacia las elecciones en México: una espiral virtuosa de pluralismo y democracia (2006), Después de la transición: gobernabilidad, espacio público y derechos (2006), Para entender: los partidos políticos y las elecciones en los Estados Unidos Mexicanos (2006), El desencanto (2009) y La democracia como problema (2015).

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Durante los treinta minutos que me concede para realizarle la presente entrevista conversamos sobre su visión del México actual, sus propuestas para mejorarlo y cómo llevarlas a cabo.

José Woldenberg representa un líder de prestigio por su gran trayectoria y conocimiento político y social. Vinculado a la fundación y liderazgo del sindicalismo universitario (STUNAM), y a partidos políticos de izquierda; se ha desempeñado como presidente del Instituto de Estudios para la Transición Democrática y como Consejero Electoral y Consejero Presidente del Instituto Federal Electoral (IFE) de 1997 al 2003. Él es una “de las personalidades más importantes en la transición de México a la democracia”.1

La conversación inicia en torno al porqué actualmente no se encuentra desempeñando un puesto político y comenta que le gustaría estar en un partido pero actualmente no encuentra uno donde se sienta en casa, donde se sienta a gusto en el sentido de que comparta su diagnóstico y horizonte, su manera de hacer política.

A la pregunta de cuál es su opinión sobre la situación actual de México me responde de manera ligera:

José Woldenberg (JW). ¿Cuántos minutos vas a darme? Estoy bromeando. Yo creo que a fines del siglo XX, México logró algo muy importante que denomino como una transición democrática y sin embargo hoy hay una especie de hartazgo con el mundo de la política. Voy a tratar de explicarme. Es decir, ¿qué fue lo que sucedió en los últimos años del siglo XX, y por qué hoy hay un malestar tan extendido?, desde mi punto de vista, por supuesto. Yo creo que México desde 1977 y en 1997 fue capaz de desmontar un sistema autoritario y construir una germinal democracia. Cualquier observador medio de la política nacional creo que puede constatar que entre esos años pasamos de un “sistema de partido hegemónico”, como lo llamó Giovanni Sartori, a un sistema plural de partidos; pasamos de unas elecciones sin competencia a unas elecciones altamente competidas y esos dos fenómenos: partidos políticos más fuertes y elecciones cada vez más competidas se fueron reforzando mutuamente y modificaron todo el mundo de la representación política. Es decir, pasamos de un mundo básicamente monocolor, o sea solamente habitado por el PRI, a un mundo de la representación política plural. Hay mucha gente que dice que se trató solamente de un cambio de carácter electoral, yo digo que quienes eso afirman no entienden la centralidad que lo electoral tiene en el mundo de la política, porque a partir de esos cambios las principales instituciones de la República también se modificaron; pasamos de una presidencia que era casi omnipotente a una presidencia acotada por otros poderes constitucionales, pasamos de un congreso en lo fundamental subordinado a la voluntad presidencial a un congreso que se explica por su correlación de fuerzas y su mecánica, e incluso la Corte, que durante muchos años fue una especie de cero a la izquierda en materia política, hoy nos damos cuenta que juega un papel central, por ejemplo, cuando hay controversias constitucionales, acciones de inconstitucionalidad.

Es decir en esos años México fue capaz de desmontar un sistema autoritario y construir una germinal democracia. Entonces esa fue la “buena nueva” que al final desembocó incluso en fenómenos de alternancia, cuando mucha gente creía que la alternancia por la vía electoral era imposible. Ya nos hemos acostumbrado a eso en buena hora, hemos vivido alternancias en presidencias municipales, gubernaturas, presidencia de la República, etcétera y sin embargo a pesar de ese proceso venturoso, pues no se necesita ser un analista político para saber que en México hay hartazgo, hay malestar, hay desencanto. Cuando a las personas se les pregunta cuál es su opinión sobre los partidos, los políticos, los gobiernos, los congresos, los colocan en los últimos lugares de su aprecio y todos sabemos, o deberíamos saber, que no hay democracia sin partidos, sin políticos, sin congreso, sin gobierno.

Entonces México tiene una situación difícil. Creo que vale la pena preguntarse por qué ese desencanto, por qué ese malestar, precisamente para atenderlo. Yo digo que hay múltiples nutrientes de ese malestar, incluso acabo de publicar un libro, lo publicó El Colegio de México, que se llama La democracia como problema, ahí trato de sintetizar al máximo ese asunto. Creo que en ese malestar juegan los problemas de incomprensión de lo que es la democracia.

A mí me llama mucho la atención que en la encuesta que hace Latinobarómetro en 18 países de América Latina, a las preguntas ¿puede haber democracia sin congreso?, ¿puede haber democracia sin partidos?, en México el 50% de la gente cree que sí, estamos en el último lugar de América Latina en esa materia, entonces allí hay un momento de incomprensión. También creo que influye el hecho de que la democracia es un sistema muy complejo, es como un laberinto, hay muchos pesos y contrapesos, para tomar decisiones se necesita tiempo y paciencia, las negociaciones son muy lentas, y acostumbrados, como estábamos, a que las decisiones se tomaban y se procesaban rápidamente; creo que eso también influye en esta visión crítica de lo que sucede en el espacio público. Estamos acostumbrados a un autoritarismo, el cual, dado que no tenía contrapesos hacía avanzar muy fácilmente sus propuestas, pero no creo que esos sean sus nutrientes fundamentales. Los 4 nutrientes fundamentales del desencanto son los siguientes:

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Uno. La economía mexicana no crece o no crece como debía crecer. ¿Qué quiere decir esto? Que no crece el empleo formal, lo que crece es la informalidad. Que las condiciones de vida de mucha gente son muy precarias y no tienen horizonte de mejora y que esto contrasta muy vivamente con el crecimiento económico que sí hubo en México entre 1932 y 1982. México tuvo tazas de crecimiento durante esos 50 años muy relevantes, los frutos de ese crecimiento nunca se repartieron de manera equitativa pero de todas maneras la aspiración de los hijos era vivir mejor que los padres y eso se cumplía, y yo digo que eso fue un gran lubricante del consenso pasivo en relación al autoritarismo. Es decir, ¿cómo nos explicamos tantos años de estabilidad en un régimen autoritario como fue el mexicano? Yo creo que en buena medida porque las familias veían que aunque sea de manera paulatina sus condiciones materiales de vida mejoraban. ¿Qué ha pasado sin embargo en los últimos 30 años? Que la economía no crece y entonces la expectativa es exactamente la contraria; que muchos hijos puedan vivir peor que sus padres, y esto pues es una inyección de malestar mucho muy relevante. La paradoja es que este estancamiento de la economía ha coincidido con la construcción de este germinal régimen democrático. Entonces, yo creo que tenemos que hacer todo lo posible por llevar adelante las políticas necesarias para volver a generar crecimiento económico suficiente.

Dos. El gran tema de la desigualdad y la falta de cohesión. No descubro nada nuevo, México es un país desigual desde siempre, incluso antes de ser México, desde la Colonia y del México prehispánico, llamémosle así, esta ha sido una sociedad sumamente polarizada, sumamente escindida. Y como dice la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe): en esas circunstancias es muy difícil generar un “nosotros” inclusivo, es decir que la gente se sienta integrante de una comunidad y creo que eso también gravita sobre el aprecio o no al mundo de las instituciones políticas. Yo creo que México, más que una comunidad, es una especie de archipiélago en donde las clases, grupos, pandillas, no se reconocen en los otros, y la CEPAL ha insistido muchísimo en que en América Latina quizá eso está gravitando muy fuerte en contra del asentamiento de sistemas democráticos. Es decir, no existe un nosotros inclusivo. Entonces yo creo que allí hay otra fuente de malestar.

La tercera está muy a la vista. Los fenómenos de corrupción e impunidad. Es decir, cada vez que estalla un escándalo de corrupción esto viene, digamos, a refrescar todos los prejuicios antipolíticos, pero cuando se conocen los fenómenos de corrupción y quedan impunes, el desencanto es doblemente grave. Entonces eso también está allí.

Y el cuarto también está a la vista. Son las violaciones flagrantes a los derechos humanos que resultan muy agresivas para una convivencia medianamente armónica. Quizá el caso emblemático de esto es el de los estudiantes de Ayotzinapa. ¿Qué es lo grave? Lo grave por supuesto es su desaparición, muy posible asesinato, por supuesto, que fueran estudiantes y que fueran tantos, pero lo más grave, creo yo, y con razón irritó a tanta gente en buena hora, fue que fueron los cuerpos policiacos quienes entregaron a los jóvenes a bandas delincuenciales.

Entonces yo diría, la falta de crecimiento económico, las ancestrales desigualdades, los fenómenos de impunidad en materia de corrupción y el tema de la violación flagrante de los derechos humanos, son el caldo de cultivo del malestar. Ya me extendí mucho…

CON. Al contrario, gracias por compartir sus conocimientos. ¿Qué haría usted al respecto?
JW. Bueno, si mi diagnóstico no está mal, yo creo que la vida en común se asienta en un tripié y que hemos colocado un pie y que los otros dos están muy mal hechos. ¿A qué me refiero? Digamos, para que la vida moderna sea medianamente armónica se necesita un pie que tiene que ver con el ejercicio de las libertades y la coexistencia de la diversidad pública. Yo creo que ese pie es más o menos sólido dentro de la vida común de nuestro país. No digo que no se requieran ajustes, reformas y demás, creo que es el pie más sólido pero hay otros dos pies; el segundo pie es el que tiene que ver con el Estado de derecho genéricamente hablando. ¿Qué es la idea de vivir bajo un Estado de derecho? Que la ley es la que va a regular nuestras relaciones, es decir las relaciones entre los ciudadanos y el poder público, entre el poder público y las empresas privadas, es decir, que es la ley la que va a presidir nuestras relaciones y ese pie está pésimamente construido entre nosotros.

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