HOY ES SIEMPRE

Arata Isozaki, Cities in the Air (Shibuya Project) [La ciudad en el aire (Proyecto Shibuya)], 1960-1962. Fotografía de Murai Osamu. Cortesía de Arata Isozaki & Associates. 

por Pablo Goldin

HACER UN RECORRIDO POR LA TRAYECTORIA DEL RECIÉN LAUREADO ARQUITECTO JAPONÉS ARATA ISOZAKI, ES VIAJAR POR LA HISTORIA DEL HOMBRE CONTEMPORÁNEO, DIVIDIDO ENTRE LA UTOPÍA Y EL PRAGMATISMO, SIMULTÁNEAMENTE CRÍTICO Y ENAMORADO DE SU PRESENTE.

Overall view from southwest, Qatar National Convention Center (2011), Hisao SUZUKI_0

Arata Isozaki, Qatar National Convention Center (Centro de Convenciones de Qatar), 2011. Fotografía de Hisao Suzuki vía Pritzker Architecture Prize. 

[…] el trabajo de Isozaki, puesto bajo el reflector por el premio Pritzker, habla de una larga negociación entre la práctica y las circunstancias en las que se desarrolla.

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Arata Isozaki, Domus: La Casa del Hombre, 1995. Fotografía de Hisao Suzuki vía Pritzker Architecture Prize.

[…] especular mediante su historia sobre el futuro y las maneras en que podemos interactuar con él.

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Arata Isozaki, Allianz Tower (Torre Allianz), 2014. Fotografía de Alessandra Chemollo vía Pritzker Architecture Prize.

Testigo de la destrucción de Japón en la Segunda Guerra Mundial y participante clave en las distintas facetas que tomó la reconstrucción, Arata Isozaki, a sus 87 años, fue galardonado este año con el premio Pritzker número 46. La designación provocativa me parece justa e inclusive pertinente para un arquitecto cuya capacidad de responder de manera creativa a cada encargo le ha permitido construir exitosamente tanto edificios para Disney, como inmensas torres de vivienda en Bilbao, museos en varios continentes o pabellones minúsculos y delicados en el desierto de California. Ha logrado ser, a la vez, un pensador relevante y un artista con una visión crítica. 56 años después de que Isozaki abriera su oficina, nos encontramos en un momento que quizá, a manera de espejo, revela ciertas semejanzas económicas, políticas y culturales con aquel entonces. Por lo tanto, reconocer y evaluar su trayectoria es una invitación casi académica a reflexionar sobre las decisiones que tomó en las distintas circunstancias de su carrera y especular mediante su historia sobre el futuro y las maneras en que podemos interactuar con él.

Comencemos por el proyecto Cities in the air (1960-1962), en el que el autor imaginó enormes torres que se desplantan como troncos sobre Tokio desde las que cuelgan vertiginosamente hiladas de departamentos a 30 metros del suelo. Si bien nunca se llevó a cabo, el proyecto funge como una declaración de principios que expuso la capacidad creativa con la que el autor podía ser un crítico ácido de la disciplina y a la vez un actor central en ella. En un acto similar al Distribuidor vial de San Antonio de la Ciudad de México, por la manera en que trasladó el tráfico a las alturas sin solucionarlo, Isozaki decidió atacar los problemas de movilidad y vivienda de Tokio negándolos para así expresar su amor y odio por el caos existente, con el que difícilmente ve la manera de interactuar y, en un acto caníbal, parece atacar. “Tokyo is hopeless” expresa Isozaki en el libro Arata Isozaki Architecture 1960-1990 (1991) escrito por David Stewart y Hajime Yatsuka. Con esto hace énfasis en que su proyecto no buscaba rescatar lo existente sino crecer en paralelo con él. Las ciudades para Isozaki, quien había crecido en la destrucción de bombardeos en Japón, eran algo que podía ser construido y destruido en un ciclo constante. Intervenirlas o empujarlas a morir se convirtió entonces en una manera de salvar la vida que existía en ellas en la que la arquitectura podía desenvolverse libremente cruzando límites geográficos, históricos, programáticos y estilísticos.

Sin embargo, como lo mencionan Rem Koolhaas y Hans Ulrich Obrist en el libro Project Japan: Metabolism Talks (2011), con el paso de los años y la desestabilización generada por la crisis del petróleo de 1973, las ideas utópicas ligadas a este movimiento que buscaban concebir un modelo de ciudad en la que la tecnología fuera el camino que articulara la vida humana con la naturaleza, fueron absorbidas por el mercado, lo que contribuyó en gran parte a favorecer aquello que criticaban. Isozaki no fue la excepción y desde su propia oficina aterrizó en la “ciudad” de la que en algún momento quiso escapar. Aun así, su batalla que comenzó como una gran guerra continuó como una guerrilla con encargos de menor escala, en los que continuó trasladando, por medio del diseño, la postura crítica con su entorno en los planes maestros y visiones de gran escala en edificios puntuales.

Tres proyectos recientes y la polémica generada por el plan para el estadio olímpico de Tokio diseñado por Zaha Hadid al cual Isozaki se opuso férreamente describen bien esta etapa. La Torre Allianz en Milán diseñada junto con Andrea Maffei de 209 metros de altura, a la que se le descubrieron problemas de estática en la estructura al final de la construcción según algunas fuentes, requirió de soportes parecidos a muletas que los arquitectos decidieron evidenciar pintándolos de dorado. El Centro de Convenciones de Qatar, cuya tipología obligó al arquitecto a diseñar una caja climatizada y genérica, no dejó de ser una oportunidad para concebir un acceso escultórico con un árbol metálico que funge como columna. Los pabellones para el artista Jerry Sohn en el desierto Mojave en California en cambio, son un ejercicio sutil para conectar a sus usuarios con el paisaje sin ningún rol protagónico. La protesta contra el estadio parecería una defensa de los recursos públicos y el legado arquitectónico de una ciudad a la que él mismo quería atacar con torres de vivienda flotantes, pero hoy decide proteger asumiendo que el caos urbano tiene valor.

Testigo de las destrucciones urbanas contemporáneas, las subsecuentes crisis financieras y el quebrantamiento de las ilusiones generadas a principios de siglo, el trabajo de Isozaki, puesto bajo el reflector por el premio Pritzker, habla de una larga negociación entre la práctica y las circunstancias en las que se desarrolla. De un arquitecto que salió de Japón para reinventar una práctica que parecía estancada, que supo navegar por estilos, tipologías y clientes, ser generoso con generaciones más jóvenes y tomar un posicionamiento sólido y crítico cuando era necesario. La lealtad en mi punto de vista es esa suma de respuestas a momentos determinados y cómo se tejen entre ellos. En la arquitectura, debido al impacto que las circunstancias políticas, económicas y sociales imprimen en cada decisión, la lealtad no es un concepto que se practique de manera evidente. En ocasiones, aun en casos que aparentan contradicciones hay ideas que se preservan, cambios que tenemos que aceptar y propuestas que debemos cuestionar. Arata Isozaki, debido al amplio espectro de situaciones experimentadas a lo largo de su vida, representa un caso interesante para reflexionar un presente distinto a esa trayectoria, pero con retos similares.

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Arata Isozaki, Cities in the Air (Shibuya Project) [La ciudad en el aire (Proyecto Shibuya)], 1960-1962. Fotografía de Murai Osamu. Cortesía de Arata Isozaki & Associates. 

Pablo Goldin es arquitecto por la UNAM y escritor. Actualmente cursa la Maestría de diseño y planeación urbana en el Schukjov Lab de la Higher School of Economics de Moscú.

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