ENTREVISTA A GONZALO CELORIO: ACADEMIA Y LITERATURA, PASIÓN POR EL LENGUAJE

por Capitel
fotografías de Pedro Luján

TUVIMOS EL HONOR DE ENTREVISTAR AL RECONOCIDO ESCRITOR Y ACADÉMICO GONZALO CELORIO PARA PLATICAR SOBRE SU NUEVO CARGO COMO DIRECTOR DE LA ACADEMIA MEXICANA DE LA LENGUA, DE LITERATURA Y ACERCA DE LA JUVENTUD CONTEMPORÁNEA.

La lengua es un organismo vivo que cambia constantemente.

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La lealtad es un valor ético;
su límite es la complicidad.

Platíquenos cómo ha vivido su carrera profesional, ¿qué momentos o cargos son los que más ha disfrutado y cuáles han representado los mayores retos?
El reto mayor ha consistido en hacer de mi vocación literaria una profesión: la de escritor, que es mi actividad esencial. La he compartido con la docencia: soy profesor de literatura en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México desde hace 45 años. Además, he tenido algunos cargos, todos relacionados con la cultura y la academia. En la UNAM, fui coordinador de Difusión Cultural, director de la Facultad de Filosofía y Letras y presidente del Consejo Académico de las Humanidades y las Artes. También ejercí el cargo de director general del Fondo de Cultura Económica y secretario de la Academia Mexicana de la Lengua, de la cual acabo de ser elegido director. Debo decir que he logrado que todos estos cargos no hayan interferido con mi vocación literaria y que los he desempeñado con enorme gusto y satisfacción.

¿Qué significa para usted estar a cargo de la dirección de la Academia Mexicana de la Lengua? ¿Qué proyectos le entusiasman de esta gestión que inicia?
Es la culminación de mi carrera académica. Me entusiasma el propósito de que los saberes que se concentran en la Academia, integrada por 34 notables conocedores de la lengua y magníficos exponentes de su riqueza expresiva, se difundan lo más ampliamente posible en la sociedad mexicana. Quisiera que la Academia contribuyera de manera significativa a desarrollar la competencia lingüística de los estudiantes mexicanos, porque la lengua no sólo cumple una función comunicativa y expresiva, sino también cognoscitiva.

¿Cuál es la relación de la Academia Mexicana de la Lengua con la literatura de nuestro país y la de Hispanoamérica? ¿Qué tipo de diálogos se han establecido y cómo se enriquecen ambas esferas?
Salvo algunas excepciones, la Academia Mexicana de la Lengua ha acogido en su seno a los más grandes escritores mexicanos, desde Justo Sierra, Federico Gamboa, Amado Nervo, Carlos Pellicer, Alfonso Reyes y José Vasconcelos hasta Salvador Novo, Martín Luis Guzmán, Juan Rulfo, Octavio Paz, Carlos Fuentes y José Emilio Pacheco, para mencionar sólo una docena que se me viene a la memoria. Son los escritores pares de otros tantos de cada una de las 23 academias que integran la Asociación de Academias de la Lengua Española, establecida en México en 1951. Además de las obras académicas paradigmáticas —el Diccionario, la Nueva gramática, la Ortografía— en las que interactúan todas las academias de la lengua, se han publicado recientemente las obras de diez enormes escritores españoles e hispanoamericanos: El Quijote de Cervantes, Cien años de soledad de García Márquez, La región más transparente de Carlos Fuentes, una antología general de Pablo Neruda y otra de Gabriela Mistral, La ciudad y los perros de Vargas Llosa, una selección de la poesía y la prosa de Rubén Darío, La Colmena de Cela, una antología de la obra de Borges y Yo el supremo de Roa Bastos. Está por publicarse Rayuela de Julio Cortázar. Estas ediciones conmemorativas están acompañadas de sendos estudios críticos.

La Real Academia Española ha publicado varios títulos de autores clásicos de la lengua española, algunos de los cuales la Academia Mexicana ha reeditado con prólogos de académicos mexicanos, además de publicar algunas obras mexicanas que no figuraban en la lista de esa colección, como El águila y la serpiente de Martín Luis Guzmán, una antología de las obras de Alfonso Reyes que versan sobre México y, próximamente, Santa de Federico Gamboa.

En un contexto de efervescencia sociopolítica y un desarrollo tecnológico acelerado ¿cuál es su análisis sobre la transformación que la lengua ha tenido en los últimos años?
La lengua es un organismo vivo que cambia constantemente. La Academia registra esos cambios, a los que no debemos temerles. El español se ha venido modificando desde hace un milenio y seguimos manteniendo la unidad de la lengua en el vastísimo territorio donde se habla. Es cierto que hemos sufrido una “invasión” de anglicismos procedentes del desarrollo tecnológico de los Estados Unidos y de la supremacía de la lengua inglesa como lingua franca internacional. Bienvenidos sean cuando no haya palabras en español para referirse a las innovaciones científicas o tecnológicas. Para algunos, tales neologismos son inaceptables porque consideran que corrompen la lengua española, pero quizá ellos mismos sean quienes piensan, paradójicamente, que el árabe o las lenguas originarias de México, en lugar de corromperlo, enriquecieron nuestro idioma. En español hay más palabras procedentes del francés que del árabe o de las lenguas amerindias, pero esos galicismos se han aclimatado de tal forma que ya no los reconocemos como tales. ¿Quién piensa que cuando decimos jardín estamos “cometiendo” un galicismo? Lo mismo sucederá con muchos anglicismos. Lo importante será no aceptarlos en la lengua normal cuando tenemos voces equivalentes en español. ¿Por qué decir accesar si podemos decir acceder? A veces tenemos las palabras correspondientes, pero no siempre son suficientemente económicas. Yo no le podría llamar, como sugieren algunos españoles puristas, ordenador de regazo cuando laptop es tan eficaz. ¿Qué le vamos a hacer?

Nos comentaba antes que este año cumple 45 años como profesor, ¿qué es lo que más lo apasiona de dar clases? Cuéntenos también cómo se ha transformado su práctica docente en este tiempo.
Aprender de mis alumnos. En la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM soy responsable desde hace casi veinte años de la Cátedra extraordinaria “Maestros del exilio español”, que admite alumnos de diversas carreras humanísticas y aun de otras facultades. Como muchos alumnos, algunos de ellos profesores de bachillerato o de licenciatura, se reinscriben en mi curso más allá del valor curricular que pueda representar para ellos, me veo obligado a cambiar de tema cada semestre, obviamente dentro de mi área de trabajo, la literatura hispanoamericana contemporánea. Así que cada semestre me pregunto: “Gonzalo, ¿qué curso quisieras tomar ahora?” Y ése lo preparo para impartirlo. Lo mejor es la interacción con esos estudiantes tesoneros, brillantes, jóvenes, que todavía aman más la literatura que la academia, porque siempre aprendo de ellos: los textos literarios que estudiamos se renuevan con sus lecturas, que muchas veces son más penetrantes, por su frescura, que las que se harían siguiendo los cánones de la teoría literaria o aplicando las metodologías críticas en boga.

Esta edición de Capitel está dedicada a reflexionar en torno al concepto de lealtad, ¿cómo entiende usted este valor?
La lealtad es un valor ético; su límite es la complicidad.

¿Qué proyectos como escritor tiene en puerta?
Estoy por terminar la última versión de mi novela Los apóstatas, que será el tercer —y último— volumen de una saga, cuyos dos títulos anteriores son Tres lindas cubanas y El metal y la escoria.

¿Nos puede recomendar tres lecturas que le parezcan imprescindibles para los jóvenes de hoy?
A quienes se inician en la lectura de textos literarios, les recomendaría Las muertas de Jorge Ibargüengoitia, Bestiario de Julio Cortázar y Cien años de soledad de Gabriel García Márquez.

A quienes ya se han iniciado, Pedro Páramo de Juan Rulfo, Ficciones de Jorge Luis Borges y La corte de los ilusos de Rosa Beltrán.

A quienes también quieren ser escritores, Cartas a un joven poeta de Rainer María Rilke, Orlando de Virginia Woolf y Confieso que he vivido de Pablo Neruda.

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