EL TRIUNFO DE LAS PALABRAS SOBRE LA DESMEMORIA: ACERCA DEL ÉXITO LITERARIO

 Gustave DoréIlustraciones para ‘El Quijote’ de Miguel de Cervantes, 1863.

por Eva Castañeda B.

EL ÉXITO EN LA LITERATURA PUEDE MEDIRSE POR LOS NÚMEROS DE VENTA Y BUENAS CRÍTICAS QUE GENERA UN LIBRO O POR LA CAPACIDAD DE ÉSTE DE NOMBRAR AL MUNDO E IDENTIFICAR AL LECTOR CON LO QUE SUCEDE EN ÉL, POR SU CAPACIDAD DE PERMANENCIA EN EL TIEMPO.

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 Gustave Doré, Ilustración para ‘El Quijote’ de Miguel de Cervantes, 1863. 

El desplazamiento geográfico y los trastornos culturales que conlleva, inciden de manera singular sobre la escritura de los escritores que esperan hacer del viaje un proceso acelerador de su propia obra; mediante el destierro, el choque cultural, la sensación del tiempo que se acelera y los descubrimientos propios de su labor literaria, un escritor aprisiona lo real para poder convertirlo mejor en ficción. El movimiento convoca a la escritura y el resultado concreto de esa relación arroja consecuencias variables. Cuando el viaje se refiere a autores europeos que parten hacia América Latina, el desorden sugerido por estas tierras nuevas revela repercusiones particulares: representan el lugar de la libertad y el exceso, parecen cercanos pero son diferentes, tocados por una forma de exuberancia y dotados de un encanto seductor. Es un lugar agradable que da el sabor del descubrimiento y tranquiliza también gracias a una cercanía evidente. El viaje acarrea al escritor a plantearse preguntas serias, de las que se destacan dos en particular: algunos cambian su sistema de escritura y otros, por el contrario, llevarán la continuidad de sus ideas al nuevo entorno, aunque para torcer un poco lo real, y así, mantenerlo mejor en sus escritos.

Los ejemplos de cambios de escritura son flagrantes en las obras de Bernanos, Cendrars o Caillois. Incluso se puede pensar en Burroughs quien admite haber llegado a ser escritor después de la muerte de su esposa en la Ciudad de México, a quien él accidentalmente mata de un tiro mientras jugaba con ella a Guillermo Tell.

Blaise Cendrars llega a Brasil en 1924. Es un poeta cansado de la vida parisina, del mundo occidental en general y de las nuevas vanguardias que allí se manifiestan; sus grandes obras datan de antes de la Primera Guerra Mundial y, tentado por las culturas lejanas, acepta una invitación para viajar a Sao Paulo. Escribe sus últimos textos poéticos a fin de dar cuenta de sus impresiones al entrar en contacto con su país de adopción: sus versos se vuelven cada vez más descriptivos y narrativos. René Crevel escribe al final de su última colección: «Sus poemas son, por tanto, los más concienzudos y las narraciones más conmovedoras». Quiere decir, contar, relatar delante de un lugar tan vivo como emocionante. El verso hermoso y la búsqueda estética se desvanecen para dejar lugar a tramas y personajes llenos de vida. Allí escribe sus dos grandes novelas, El oro y Moravagine. Cendrars reconoce su deuda y lo confiesa: «Hice en casa del doctor Oswaldo Padroso, una estancia de aprendizaje, el aprendizaje de mi trabajo como novelista».

Un libro debe leerse y circular, debe estar en la memoria y ser de una u otra forma un sitio al que siempre se puede llegar […].

Bernanos, presionado por los tiempos sombríos de la Segunda Guerra Mundial, dejó de escribir ficción para centrarse en sus artículos y ensayos: ve su papel como escritor como el de un combatiente y Brasil lo empuja a darle la espalda a la redacción de historias, ya que siente que dejaron de ser pertinentes. Por su parte, el joven Roger Caillois vive su exilio en Buenos Aires, protegido y apoyado por Victoria Ocampo. En la Patagonia, lo arroba la belleza del lugar y se arroja a escribir su primer texto literario: las emociones causadas por el paisaje lo empujan a convertirse en autor. Más tarde confesó: «Mi estadía en América del Sur, donde los libros y los que leen cuentan mucho menos que la naturaleza y los analfabetos, fue una seria advertencia para mí». El encuentro con estos paisajes y con sus habitantes puso en duda muchas certezas.

Otros prefieren proyectar sus obsesiones y fuerzan un poco para ver, en el nuevo entorno, un espacio en el que imponen su visión del mundo. Gombrowicz, exiliado en Argentina, encuentra una sociedad marcada por un valor que venera, «la inmadurez». Lowry, impregnado de temas relacionados con la culpa y la pérdida de la inocencia, encuentra en Cuernavaca un universo cercano al Jardín del Edén y lo destaca en su gran novela, Bajo el volcán. Artaud recorre la Sierra Tarahumara, convencido de que este paisaje mágico y sagrado le habla y justifica su visión del mundo y de la escritura, que lo ha llevado hasta este punto.

El viaje transatlántico somete ciertas creencias a una prueba severa: algunos autores emergen de ella consolidados, otros, sacudidos. Ninguno sale indemne.

Gustave Doré (1832-1883) fue un pintor, escultor e ilustrador francés. Sus obras más reconocidas son las ilustraciones para El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, la Biblia y la Divina Comedia

Eva Castañeda B. (Ciudad de México, 1981) Escribe poesía, ensayo y crítica literaria. Es Doctora en letras y da clases de lengua y literatura. Descree de las nociones tradicionales de lo literario.

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