EL CAMINO DEL ENSAYO (Y ERROR)

©Guy Laramée, Boa Esperança, 2018. Fotografía de Alain Lefort. Cortesía del artista y JHB Gallery, Nueva York.

por Luigi Amara

HACE CASI 500 AÑOS MICHEL DE MONTAIGNE PROPUSO QUE LA EXPERIENCIA FUERA LA BASE DE LA ESCRITURA ENSAYÍSTICA Y CON ELLO SUGIRIÓ UN NUEVO CAMINO AL CONOCIMIENTO: EL QUE TIENE QUE VER CON LA AUTORREFERENCIA Y LA SABIDURÍA SUBJETIVA.

Entre todas las disciplinas artísticas, quizá no haya ninguna que confíe tanto en la experiencia como el ensayo literario. Más allá de que todas las artes dependan del dominio de sus respectivos lenguajes y se apoyen en esa forma articulada de la experiencia que llamamos “oficio”, el ensayo, tal como concibió en primer lugar Michel de Montaigne, sitúa la experiencia como eje principal de sus preocupaciones, es en torno a ella que desenvuelve su vocación tanteadora, su espíritu explorador e inquisitivo, y a ella también regresa cuando en el horizonte del texto se insinúa la posibilidad de un cambio personal, el desafío acaso interminable de la autotransformación.

Si el ensayo volteó en primer lugar hacia la experiencia y, en un giro introspectivo radical, hizo que la escritura se plegara sobre la propia vida, se debe en parte a su rechazo a confiar únicamente en la autoridad de los libros. Cuando se interesa, por ejemplo, en la inconstancia de la amistad o en la reciprocidad de los celos, no le basta aquello que hayan escrito Aristóteles o Séneca sobre el tema, ni la forma en que lo enfoquen, desde la perspectiva del conocimiento objetivo, disciplinas como la antropología, la psicología o la historia. Al ensayista le importa lo que más le incumbe: su propia experiencia, relatar y esclarecer su propia aventura por lo que tiene de singular, a sabiendas de que no es muy distinta de la del resto de los seres humanos. Y es así, motivado por esa inquietud que le concierne como ninguna otra, dispuesto a auscultarse (y quizás automedicarse) para poder cambiar, que opta por doblarse hacia sí mismo para mirarse vivir y reinventa la escritura como un cuarto de espejos para encontrarse.

El viraje hacia la experiencia es menos una proclama antilibresca que una apuesta por la riqueza de lo personal. No por voltear a la propia vida hay que darle la espalda al conocimiento acumulado a lo largo de generaciones, como tampoco hay que desestimar los libros porque no se ajustan a describir nuestra circunstancia; ¡pero cuántas veces, por dar preeminencia a los libros, nos cegamos sobre lo que tenemos bajo las narices! ¡Cuántas veces nos olvidamos de nosotros mismos, del camino de ensayo y error que hemos seguido, sólo por prestar oídos a los demás!

Al ensayista le importa lo que más le incumbe: su propia experiencia, relatar y esclarecer su propia aventura por lo que tiene de singular […] .

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©Guy Laramée, Historia das Americas II (Historia de América II), 2018. Fotografía de Alain Lefort. Cortesía del artista y JHB Gallery, Nueva York.

Aun cuando el suelo que pisamos sea incierto y el sendero por el que avanzamos parezca invadido por la niebla, hay una dignidad y una fuerza política en confiar en la propia experiencia como base de nuestras indagaciones. Al final de los Ensayos, en el último texto que escribió y con el que finaliza el libro tercero (que nos hemos acostumbrado a leer como conclusivo, como si compendiara la esencia de su filosofía ensayística), precisamente en el que lleva por título “La experiencia”, Montaigne anota: “Perseguimos otras condiciones porque no entendemos el uso de las nuestras, y salimos fuera de nosotros porque no sabemos qué hay dentro”. Si nos detenemos a reflexionar sobre nuestros actos y motivaciones, si exploramos a profundidad lo que hay en nuestro interior, tendremos tanto que aportar sobre los asuntos humanos como el viajero más intrépido o la reina de Inglaterra. Aquí y ahora, en la nuez de mi propia experiencia, se aloja y bulle toda la complejidad de lo humano. Por ello, en ese ensayo final, Montaigne insiste en recordar que “aun en el más elevado trono del mundo, estamos sentados sobre nuestro trasero”; frase de doble filo con la que, por un lado, acepta nuestra imperfección y limitaciones, y, por otro, reivindica nuestro derecho a participar en la conversación sobre los problemas que nos atañen. Lo “interesante”, tal y como nos enseñan los medios audiovisuales con su aparato gigantesco de insuficiencia e insatisfacción, no está en otra parte, no se sitúa en otro espacio y otro tiempo, sino que fulgura también aquí, en lo que ahora experimentamos.

Más que preocuparse por definir la experiencia, el ensayo ha sido la forma de darle voz: una vía para expandir la mente mientras nos acercamos a lo próximo. 

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 ©Guy Laramée, Timepieces (Relojes), 2018. Cortesía del artista y JHB Gallery, Nueva York.

Guy Laramée es un artista interdisciplinario canadiense. En los últimos 25 años ha explorado la idea de erosión de las culturas y de la “cultura” en su conjunto. Sus paisajes sobre libros nos invitan a emprender un viaje interior, trascender los conceptos obvios y reivindicar el acto de la autocontemplación.
www.guylaramee.com | www.jhbgallery.com | Instagram @guy.laramee

Luigi Amara es escritor, paseante y editor. Ha escrito seis libros de poemas, entre los que destacan El cazador de grietas (Premio Elías Nandino, 1998) y Nu)n(ca (Premio Manuel Acuña, 2015). Entre sus libros de ensayo destaca Historia descabellada de la peluca y La escuela del aburrimiento. Su libro más reciente es Dobleces/El quinto postulado (Sexto Piso, 2018). Instagram @leptoerizo

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