EL AMOR ES UNA IDEA

Agustina Casas Sere-Leguizamon, The Oath of the Kings (El juramento de los reyes). Cortesía de la artista y Saatchi Art.

por Zyanya Mariana

NUESTRA CONCEPCIÓN DEL AMOR TIENE UN ORIGEN SOCIAL, CULTURAL Y ECONÓMICO QUE SE HA MODIFICADO CON EL TIEMPO A PARTIR DE LAS TENSIONES E INTERESES POLÍTICOS. ES IMPORTANTE SER CONSCIENTES DE LA HISTORICIDAD DEL CONCEPTO PARA PENSAR EN NUEVAS FORMAS DE AMAR Y DE RELACIONARNOS CON LOS OTROS.

El amor es una idea, un mito cambiante que ha estado íntimamente vinculado a oikos y a polis. Lo sabían los griegos, así como los romanos que solían decir que “lo que pasa en la cama pasa en la plaza”, pues las ideas del amor se gestan en la casa por medio de las estructuras económicas elementales de alimentación, cuidado y sobrevivencia (oikos), y se expanden a la ciudad, al ágora, a la organización social (polis), donde se convierten en concepto, en debate, en chisme y en deseo. En la plaza, en el mercado, en los lavaderos y en las cocinas -entre habladurías-, aprendemos a desear al nombrado, al prohibido, al amante de moda.

Dentro de la cultura del trigo, lo que hoy conocemos como occidente (incluyo las élites de los países occidentalizados o colonizados), la idea de amor ha variado mucho desde el siglo XVI. Cortés y sus huestes pensaban que el amor era como el de las novelas de caballería, consistía en entender, conquistar y destruir. Lo hizo con la esclava Malinalli que le regalara el gordo de Zempoala; la entendió y usó la gran inteligencia de la joven para sus propósitos, la conquistó y la convirtió en Doña Marina, esposa legítima y primera dama novohispana, mientras la destruía como indígena náhuatl. Lo mismo hizo con Tenochtitlán.

Con Cortés, Pizarro y la conquista de un continente, el amor cambió. Se impuso la estructura colonial y el sistema de encomienda: muchos hombres y tierras bajo un solo encomendero; muchos sirvientes y una esposa bajo la ley de un solo patriarca. Y como en el caso de la encomienda, los muchos sometidos y penetrados eran diferentes al patriarca: un hombre -blanco, barbado, de credo cristiano- que creía en la naturaleza de la esclavitud y del hombre sobre la mujer.

La llegada de la Ilustración en el XVIII no modificó la estructura económica y política, pero para el siglo XIX, con las revoluciones, el antes patriarca se convirtió en un ciudadano, la encomienda en un Estado nacional imperialista que sometía naciones lejanas (las de Asia, África y América Latina) y el amor se encerró en la familia burguesa.

A la usanza del Estado nacional, la familia burguesa tenía que someter las diferencias, las otredades. Por ello, unió en una sola idea de amor tres entidades distintas: el deseo, el sexo y el matrimonio. El matrimonio es un contrato de bienes y obligaciones, políticas y económicas, entre dos familias que se vuelven una; el sexo es un impulso vinculado a lo biológico; el deseo, en cambio, es una máquina de proyecciones, de fantasmagorías y miedos sociales.

Para poder unir estas tres entidades tan diferentes en una sola idea de amor, la cultura occidental revivió los poemas místicos que los trovadores cantaban en las cortes de Aquitania en el siglo XII. En sus cantos, estos nómadas de la palabra, comparaban el deseo por el caballero, o la dama amada, al deseo arrebatado que los místicos tienen por lo divino. El orgasmo era un éxtasis corporal comparable a la experiencia de unión con lo sagrado. Se le llamó Romanticismo y fue una idea muy poderosa. Si el credo cristiano se transformó en una moral ilustrada y civilizatoria que era capaz de matar y morir por la nación naciente, el enamorado romántico era capaz de matar y morir en nombre del amor. Amor y nación se confundieron.

La cultura occidental dividió al mundo en naciones civilizadas y naciones salvajes, lo mismo hizo el amor romántico. Se podía amar dentro de la ley, es decir, dentro del matrimonio, o fuera de ella, con un amor salvaje y prohibido. A principios del siglo XX, el patriarca vivía ambos amoríos, en su juventud se casaba dentro de la ley y una vez casado tenía permiso social para experimentar vínculos más bárbaros. En México, fue casi una institución de la clase política y empresarial la casa chica y la familia bastarda.

Fue hasta la Segunda Guerra Europea, cuando patriarcas y padres de familia se enfrentaron: ingleses y franceses, a patriarcas y padres de familia, alemanes e italianos, que a su vez asesinaban, en campos de concentración, a patriarcas judíos, padres de familia acompañados por sus familias construidas bajo el amparo de todas las leyes. Estas matanzas, eficientes y con ganancias, cuestionaron la moral ilustrada y nos recordaron que lo personal es político. La crisis de la familia patriarcal eclosionó junto a los nacionalismos.

Hoy que el Estado nación occidental está fraccionado por las corporaciones, la familia burguesa y el poder del patriarca se fragmentan. Hoy, no sólo se desintegra el estado imperialista europeo y aparecen millonarios franceses futbolistas de origen magrebí o subsahariano, y alcaldes londinenses de origen paquistaní, sino que se deshila la familia heteronormativa y aparecen las mujeres que no sólo son madres y los hijos que no sólo son heterosexuales. Más aún, las parejas de hoy oscilan entre relaciones de inversión que deben dar ganancias, o por lo menos rendimientos; y la experiencia de la vacuidad nihilista, donde el otro, hombre, mujer o quimera, debe completarnos, llenarnos y entendernos como si fuera un dios. Empero, el otro y el uno, son sólo mortales con deseos insatisfechos y las relaciones que se entablan rápidamente se convierten en fracasos innumerables.

En pleno siglo XXI, no sabemos si debemos amar como indican las leyes corporativas, normadas bajo la égida de la ganancia, o amar como átomos anhelantes que van de uno en otro sin sentido. Somos una sociedad moribunda y no es casual la figura del zombi reverberada hasta el cansancio en las películas y series, ni la depresión y soledad como plagas venideras. No es casual, tampoco, el ascenso de nacionalismos autoritarios que pretenden regresar a una mística heteropatriarcal y nacional. Patadas de ahogado de una organización económica y política que, tarde o temprano, sucumbirá frente a la real crisis ecológica. Quizás deberíamos replantearnos nuevas organizaciones económicas, nuevos mitos donde amar al otro diferente y cambiante, sin salvación, y a la tierra húmeda, sin ganancia y progreso, tengan sentido y sendero.

The Beauty Venus Photography by Agustina Casas Sere-Leguizamon

Agustina Casas Sere-Leguizamon, The Beauty Venus (La bella Venus). Cortesía de la artista y Saatchi Art.

[…] las ideas del amor se gestan en la casa por medio de las estructuras económicas elementales de alimentación, cuidado y sobrevivencia […], y se expanden a la ciudad, al ágora, a la organización social […].

Venus Pop Art Photography by Agustina Casas Sere-Leguizamon

Amy van Luijk, Venus Pop Art. Cortesía de la artista y Saatchi Art.

Agustina Casas Sere-Leguizamon es una artista digital uruguaya. Su trabajo recupera imágenes icónicas del pasado filtrándolas al presente a través de una mirada pop con el fin de problematizar nuestra propia concepción de la historia e invitarnos a repensar presupuestos e ideas naturalizadas sobre el amor. agustinacasasart.com / saatchiart.com/acsl

Zyanya Mariana. Ecléctica, crítica de cine y teatro. Estudió relaciones internacionales e historia, actualmente es docente de la Universidad Iberoamericana donde cursa el último año del Doctorado en letras modernas. Sus temas de investigación rondan en torno a los vínculos entre erotismo, violencia y sacralidad. Suele dividir su vida entre la escritura, la academia y la maternidad.

Deja un comentario