DEL TIEMPO DEL DESAMPARO AL TIEMPO DEL AMOR

por Abraham Godínez Aldrete

"Hay una cosa que se llama tiempo, Rocamadour, es como un bicho que anda y anda".
Julio Cortázar

PENSADORES DE TODAS LAS ÉPOCAS HAN REFLEXIONADO SOBRE LAS DIVERSAS MANERAS DE VIVIR EL TIEMPO.  AL CONTRASTAR SUS MIRADAS NOS DAMOS CUENTA QUE NUESTRA EXPERIENCIA NO PUEDE SER MÁS QUE INDIVIDUAL Y QUE, POR LO TANTO, NO HAY UN SOLO TIEMPO SINO DIFERENTES MANERAS DE ENTENDERLO.

Agustín de Hipona sabía bien que el tiempo no puede explicarse. Aun así, no sabemos si vivimos en él o él vive en nosotros. El modo en que el ser humano comprende el tiempo determina su forma de ser. Hay distintas maneras de comprender el tiempo, infinitos modos de “temporizarse”.

El reloj y el cronómetro son máquinas que tratan de medirlo y la existencia se convierte en una secuencia de unidades públicas: sucesión de horas, días y años. Los hombres modernos viven en el tiempo de las máquinas: tiempo vacío y uniforme que surge de la experiencia del trabajo industrial. En la Modernidad el tiempo es una serie de días y de años en un proceso sustraído de la experiencia (Agamben, 2004); tiempo vacío de un repetido “ahora” en una lógica rectilínea conformada por el “antes” y el “después”.

En Ser y tiempo Heidegger se preguntó de modo radical cómo tiene el ser humano su tiempo. Hay un tiempo que no es medible y que no depende del calendario: el tiempo propio de la existencia, el más auténtico, pues no lo determina una máquina o una unidad matemática. El tiempo de la existencia es imposible de fechar: ¿cuándo moriremos?, no lo sabemos. La muerte es la posibilidad más propia, irrespectiva, insuperable, cierta, y, sin embargo, indeterminada. Por lo tanto, el tiempo de cada ser humano es un tiempo finito e indeterminado, se comprende en la angustia de la propia finitud. Temporizarse de modo propio es el acontecimiento mismo de finar. El estado de este tiempo es el desamparo: cada quien está arrojado a su propia muerte, cada quien vive un tiempo inconmensurable de su propia finitud, en esto, el ser humano no puede esperar la ayuda de nadie.

Lévinas (2008) realiza una crítica interesante a la concepción del tiempo en Heidegger: es necesario comprender la muerte a partir del tiempo, y no el tiempo a partir de la muerte. El tiempo, según Lévinas, debe estar relacionado con el infinito (quiebre de la totalidad), y no con la “nada”. Debe remitir a un Otro radical. Es una apertura a lo no comprensible, a lo no representable, a lo que no es lo mismo. En la concepción de Lévinas esta relación posible del tiempo con el otro es ética: la responsabilidad con el otro otorga un tiempo que no acaba en la nada, sino en la comprensión de una existencia que no es propia porque precisamente por medio de la muerte está dirigida a otro (no hacia sí mismo, no hacia la nada).

Lo que queda claro es que hay distintos modos de comprender el tiempo, y la manera en que éste se entiende determina la manera en que transcurre la existencia. Si hay diferentes formas de entender el tiempo, entonces en cada ser humano puede existir una distinta manera de temporización.

El psicoanálisis ha comprendido el tiempo como un sucesivo encuentro y desencuentro entre la pulsión y el otro. La concepción de Freud coincide con la idea de Kant de que el tiempo es la forma del sentido interno. Intuimos nuestro estado interior en términos temporales. Freud dice que el tiempo acontece en el interior de la conciencia y depende de oleadas sucesivas de cantidades reducidas de afecto. Para Freud, el afecto es una manifestación del cuerpo original. El tiempo es el modo en que el cuerpo se siente cuerpo, algo que Aristóteles había llamado “alma”.

En la obra de Freud, el cuerpo que se siente cuerpo se llama “pulsión”, y se manifiesta en situación de desamparo. Esto significa que la relación con el cuerpo no es el instinto, sino aquello que Shakespeare había descrito para el tiempo: is out of joint.1 El cuerpo es disyunto, porque desde el origen el infante es aquel ser cuyo cuerpo está necesariamente intervenido por el otro (Cfr. Pereña, 2011): la madre lo amamanta, lo toca, lo acaricia, lo abriga, lo sostiene en la vida. El cuerpo humano está determinado por las huellas que ha dejado el otro, y estas marcas definen un modo particular de temporización.

No coincidir con el propio cuerpo es una experiencia desquiciante que se experimenta como desamparo: necesidad de un otro que no se puede asegurar. El ser humano no sólo está desamparado como ser-arrojado-a-la-muerte, sino como ser desvalido desde el origen. En el encuentro con el otro, el cuerpo comienza a constituirse como un cuerpo-placer que no sólo es origen de angustia, desvalimiento y muerte. Las afortunadas experiencias de auxilio constituyen un reservorio libidinal que puede abrir el tiempo del amor: espera de ese otro lugar que define la diferencia entre un tiempo en el que no pasa nada y otro en el que pueda haber de nuevo sentido de vida (Marion, 2005). El encuentro con el otro abre el tiempo del placer que es fugaz; la demora produce un tiempo de espera que puede sostenerse en la alegría de las ilusiones; la demora extrema precipita un tiempo de angustia sin esperanza y sin sentido, y la muerte del amor crea un tiempo de tristeza añorante, lenta y dolorosa.

Hay modos infinitos de comprender el tiempo y cada persona tiene distintas formas de temporizarse. Cada época tiene su tiempo. El psicoanálisis ha descubierto que cada ser humano tiene un tiempo propio que se ha constituido en el ritmo de los encuentros y los desencuentros con los otros y que ha dejado marcas afectivas-corporales; la comprensión del tiempo personal tiene repeticiones de una memoria pasional silenciosa que en psicoanálisis se llama “inconsciente”. En un tratamiento psicoanalítico se tiene la tarea de comprender el tiempo a través de la transitoriedad, el desvalimiento y la historia personal para encontrarse con la posibilidad de un entendimiento temporal que pueda abrir un espacio al otro. En fin, no hay un tiempo, sino distintos modos de comprender el tiempo.

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Todas las imágenes: Emmanuelle Moureaux, Forest of Numbers (Bosque de números), 2017. Fotografías de Daisuke Shima. Cortesía de Emmanuelle Moureaux architecture + design.

La instalación Forest of Numbers de Emmanuelle Moureaux fue recientemente presentada en el Centro Nacional de las Artes de Tokio como parte de la conmemoración de su 10 aniversario. La obra, que está formada por más de 60 mil coloridas piezas de números del 0 al 9, visualiza la próxima década (2017-2026) representando los siguientes diez años de trabajo de la institución.

emmanuellemoureaux.com

«El psicoanálisis ha comprendido el tiempo como un sucesivo encuentro y desencuentro entre la pulsión y el otro».

Referencias:
Agamben, G. (2007). "El país de los juguetes. Reflexiones sobre la historia y el juego" en Infancia e historia. 4° ed. Trad. Silvio Mattoni. Buenos Aires: Adriana Hidalgo editora.
Freud, S. (2000). "Proyecto de psicología (1950 [1895])" en Obras Completas. Ordenamiento, comentarios y notas de James Strachey, con la colaboración de Anna Freud. Tomo I. Traducción directa del alemán: Etcheverry, J.L. 2ª ed. 8ª reimp. Buenos Aires: Amorrortu.
Heidegger, M. (2009) Ser y tiempo. Trad. Jorge Eduardo Rivera. 2ª ed. Madrid: Trotta.
Lévinas, E. (2008) Dios, la muerte y el tiempo. Texto fijado, notas y epílogo de Jacques Rolland. Trad. María Luisa Rodríguez. 4° ed. Mádrid: Cátedra, 2008.
Marion, J. L. (2005). El fenómeno erótico. Trad. Silvio Martoni. Buenos Aires: El cuenco de plata.
Pereña, F. (2011) Cuerpo y agresividad. México: Siglo XXI.

Abraham Godínez Aldrete. Es psicoanalista. Doctor en filosofía por la Universidad de Guanajuato. Maestro en psicología clínica por la Universidad de Guadalajara. Licenciado en psicología por el ITESO.

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