por Emiliano González de León

"Por la música, misteriosa forma del tiempo".
Jorge Luis Borges, Otro poema de los dones

EL TIEMPO Y LA MÚSICA TIENEN UN INTERÉS MUTUO TANTO POR LA SISTEMATIZACIÓN DE CICLOS, COMO POR SU SENTIDO DE NARRATIVA. DE ESTE FERVOR COMPARTIDO, SE VISLUMBRA LA INTENCIÓN DE CREAR UNA REPRESENTACIÓN DEL ORDEN UNIVERSAL Y QUIZÁ INCLUSO, DE LA NATURALEZA MISMA DEL HOMBRE.

Utilizamos la preposición latina circa para denotar proximidad. Por lo general, la encontramos como una indicación de fechas, específicamente cuando no contamos con la exactitud que nuestra cultura temporal demanda. Este ensayo parte de circa como concepto y como una forma de aproximarnos al tiempo y su relación con la música. Por lo tanto, mi estrategia es la de la exploración: presentar distintos temas y perspectivas para provocar, más que para resolver, una problemática.

Empecemos con la fundación de nuestro acercamiento al tiempo: los ritmos biológicos. No es casual que los procesos cíclicos que experimenta cualquier organismo como consecuencia de su interacción con la luz y la oscuridad han sido llamados ritmos circadianos. Es probable que este ritmo interno haya sentado las bases para percibir e interactuar con el paso del tiempo y, eventualmente, elaborar sistemas que permitan entender y aprovechar los ciclos a los que estamos sujetos. Llamamos a estos sistemas calendarios, piedra angular en nuestro proceso civilizatorio, particularmente para la regulación económica y ritual, así como entender la relación de la Tierra con el Sol y la Luna.

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Imágenes: Carlos Amorales, We’ll See How All Reverberates (Veremos como todo resuena), 2012.
Vista de la instalación en la galería Yvon Lambert, NY. Imagen cortesía de kurimanzutto y Estudio Amorales..

Los calendarios no sólo son un ejemplo de organización temporal equiparables a la forma en la que un compositor puede pensar la estructura de su pieza musical, sino que a su vez funcionan como organizadores rituales que le dan un sentido a la experiencia religiosa colectiva de una tradición, frecuentemente inseparable de la música. Así, el calendario gregoriano, por ejemplo, ha organizado el quehacer religioso de Occidente por siglos, y en ese contexto, la música ha sido una pieza clave para la propagación de la cristiandad. Desde el canto llano bizantino y gregoriano, hasta la Sinfonía de los salmos de Ígor Stravinsky, contamos con una literatura musical enorme que basa su estructura en la liturgia cristiana, regida por el calendario eclesiástico.

Pero los calendarios son un claro ejemplo de cómo un mismo fenómeno puede ser percibido de formas distintas.

Cuando de las tinieblas y el caos informe irrumpieron al mismo tiempo el universo y el tiempo, ya antes de que lo poblara el hombre de maíz y brillara el sol, surgió de repente el caracol con su atado de años. Es decir, con los marcadores del tiempo que llamamos calendario, e instaurando el tiempo concreto que llamamos historia para reapropiarnos del mundo. (Andrés Aubry)

Producto de esta concepción temporal, el calendario maya plantea una organización sumamente interesante entre el Haab o calendario solar —compuesto por 360 días más cinco días nefastos— y el Tzolkin o calendario lunar —compuesto por 260 días—. Al analizar esta estructura, resulta evidente que cuando el calendario lunar se termina, el solar sigue su curso provocando un desfase que sólo regresará a su origen 52 años Haab después, en el siglo maya. Un planteamiento similar encontramos en el compositor húngaro György Ligeti (en piezas como “Desorden”, del Volumen I de los Estudios para piano, en el que después de plantear su material rítmico con un grupo de tres corcheas y uno de cinco corcheas en ambas manos, repentinamente le agrega una corchea más a la mano izquierda provocando un maravilloso desfase que le da a la pieza muchísima variedad, sin que ésta pierda su unidad).

 De nuestro acercamiento a la percepción del tiempo (circa perceptioni temporis), a la sistematización de los ciclos del tiempo mediante los calendarios (circa structurae), nuestro acercamiento a la relación entre música y tiempo estaría incompleto sin una tercera variable: la narrativa. Nuestra propia vida, además de ser un esquema que marca ciertas pulsaciones, es una narración.

[…] podemos decir no sólo que, en tanto que seres temporales somos musicales, sino que en tanto que seres musicales, somos temporales.

La especulación sobre el tiempo es una cavilación inconclusiva (sic) a la que sólo responde la actividad narrativa. No porque ésta resuelva por suplencia las aporías; si las resuelve es en el sentido poético y no teorético. [...] La aporía del tiempo es también la del yo. (Paul Ricœur)

Lillian Eyre, experta en terapia musical, ha explorado la conexión entre narrativa y música no sólo en su dimensión temporal, sino en tanto que es una forma de expresión de pensamientos, sentimientos, emociones y significados. Siguiendo la lógica de este argumento, podemos decir no sólo que, en tanto que seres temporales somos musicales, sino que en tanto que seres musicales, somos temporales. “El mundo desplegado por toda obra narrativa” y musical “es siempre un mundo temporal”, afirma el filósofo Paul Ricœur en Tiempo y narración.

Estos tres parámetros: percepción, organización y narrativa nos acercan al punto donde el hombre empieza a buscar un orden en las cosas para explicarlas. Para Pitágoras, la música era una representación humana del orden de los astros; mientras la aritmética trataba de explicar los fenómenos físicos y espirituales, la música era un ejemplo claro de la armonía del universo. Esta estrecha relación, que para los griegos tenía la música con la astronomía y las matemáticas, nos invita a verla como un intento del hombre para representar el orden universal, donde podemos empezar a descubrir la relación existente entre música y tiempo.

Ya en la música, en la geometría, en los movimientos de los astros, en la necesidad de los números, el orden hasta tal punto se señorea que, si alguien deseara ver, por así decirlo, su fuente y el propio santuario suyo o en estas cosas lo encuentra o a través de estas cosas, sin extravío alguno, hasta allí es conducido. (San Agustín)

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Pero cuando San Agustín se plantea la pregunta “¿Qué es, en efecto el tiempo?”, su análisis se inserta en la relación entre tiempo y eternidad.

Por debajo de los sonidos y los ritmos, la música opera en un terreno bruto, que es el tiempo fisiológico del oyente; tiempo irremediablemente diacrónico1 [...] como un lienzo levantado por el viento, lo ha atrapado y plegado. Hasta el punto de que escuchando la música y mientras la escuchamos, alcanzamos una suerte de inmortalidad. (Claude Lévi-Strauss)

La música nos regala, entonces, una de las cosas más anheladas por el hombre, la sensación de inmortalidad, de una paradójica ausencia de tiempo; pero si consideramos que la música, en el contexto de Occidente, transitó de la fe a la razón, con sus contrapropuestas como la utopía y el Romanticismo, hasta llegar a la deconstrucción, el vacío y el silencio, cabe preguntarnos: ¿es acaso el momento de cambiar nuestra percepción de eternidad, hacer las paces con la muerte y entender que somos parte integral del mundo natural?

La música en el tiempo está marcada por la narrativa circa vitae (una aproximación a la vida), pero no hay que olvidar su pasado y su futuro inminentes que es el silencio, circa mortis (una aproximación a la muerte). Al ver estos dos parámetros como indivisibles, entendemos que el único contenido posible es el del yo que le canta al silencio.

Carlos Amorales es uno de los artistas mexicanos más importantes actualmente. Su trabajo explora el problema del lenguaje y las formas, posibles e imposibles, de comunicarnos a través del mismo. We’ll See How All Reverberates consiste en una instalación de 30 platillos colgados que se presentan como un instrumento musical para que el público lo active.

Bibliografía
Aubry, A. “Los caracoles zapatistas” en La Jornada: 7 de noviembre de 2003.
Eyre, L. The Marriage of Music and Narrative: Explorations in Art, Therapy, and Research, Grieg Academy Therapy Research Centre, 2007.
Lévi-Strauss, C. Lo crudo y lo cocidoen Mitológicas, Fondo de Cultura Económica, 2002.
Ricœur, P. Tiempo y narración, Siglo XXI Editores, 2004.
San Agustín. Sobre la música. Seis libros, Editorial Gredos, 2008.

Emiliano González de León se graduó de la carrera de composición musical en el Instituto Superior de las Artes (ISA) en La Habana. Es maestro y director del coro de la Academia de Arte de Florencia. Ha trabajado como compositor y productor musical para cine y teatro, además de ser coordinador del encuentro académico musical Instrumenta.

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