ANDY GOLDSWORTHY: UN LENGUAJE COMPARTIDO

Para algunos, la búsqueda de la verdad está en el regreso a las formas más básicas, el regreso a los orígenes. La obra del artista británico Andy Goldsworthy obliga al espectador a volver la mirada a la naturaleza, a observarla más allá de lo habitual, indagar sobre la verdad que nos rodea en los pequeños detalles, haciéndonos notar que al fin y al cabo, naturaleza y seres humanos, compartimos un mismo lenguaje.

por Melissa Mota Pérez

Más allá de su carácter contemplativo y estético, la obra del artista británico Andy Goldsworthy (Cheshire, Reino Unido, 1956) aborda la compleja relación entre el ser humano y la naturaleza. A partir de una detenida observación del medio ambiente, el artista ha sabido darle forma a conceptos compartidos por este binomio como el tiempo, el espacio, el movimiento y la energía.

Para Goldsworthy la única forma de entender a la naturaleza es participando directa e íntimamente con ella y ver con otros ojos lo que siempre ha estado ahí. Siguiendo este principio, su taller es cualquier lugar al aire libre, ya sea en las zonas aledañas de Penpont, el pueblo escocés en el que reside, o en diferentes partes del mundo como Australia, Estados Unidos, Francia, Japón o el Polo Norte. Dependiendo de la estación y del lugar en el que se encuentre, el artista realiza esculturas hechas a base de diferentes materiales que conforman la región, como hojas, flores, pétalos, ramas, nieve, hielo, piedras, arcilla, madera o lana. Tras sentir el peso, la textura y las formas de cada elemento, el artista desafía las leyes de la física, llevando sus obras a los límites de la estabilidad. De tal forma, el proceso de su producción está basado en la prueba y error, así como en una constante experimentación, que solo alcanza el equilibrio una vez que el artista comprende tanto a los propios materiales como su relación con los diversos factores ambientales, que pueden ser el viento, la luz, la lluvia, el frío, el calor, la marea o el flujo de un río.

SUS OBRAS SON EL RESULTADO DE UNA COLABORACIÓN ENTRE EL ARTISTA Y EL MEDIO NATURAL, QUE NO TIENEN OTRA FINALIDAD MÁS QUE EXISTIR EN ARMONÍA, AUNQUE SEA SOLO POR UN INSTANTE

Al igual que los ciclos naturales, sus esculturas están destinadas a desaparecer. Mientras algunas logran durar años o días, algunas solo viven por escasos minutos; muchas de ellas son tragadas por el agua, derribadas por el viento o derretidas por el sol. Lo único que permanece es su registro en fotografía que inmortaliza el punto más álgido de la existencia de la pieza. Es este principio efímero, aunado al movimiento constante y casi imperceptible de sus piezas, lo que le da sentido a la decadencia y a la nada. Podemos hablar entonces de piezas con una vida propia, cuya esencia se encuentra en el cambio y, por lo tanto, en el tiempo.

Es inevitable mencionar la estrecha relación que tiene su producción con el Land Art, una corriente artística que surgió en Estados Unidos a finales de la década de los sesenta, en la que un grupo de artistas que rechazaban los principios del arte minimalista, salieron de los museos y las galerías para enfrentarse directamente con el paisaje, especialmente desiertos y montañas. Sin embargo, a diferencia de algunos de sus exponentes, como Christo & Jeanne-Claude o Michael Heizer, que llevaban a cabo intervenciones monumentales, Goldsworthy se enfoca en pequeños detalles y deja una huella sutil hecha de la misma materia de la naturaleza, lo que permite que su obra y el entorno se fusionen o, en otras palabras, que la naturaleza se reintegre a la misma naturaleza de una manera poética. Sus obras son el resultado de una colaboración entre el artista y el medio natural, que no tienen otra finalidad más que existir en armonía, aunque sea solo por un instante, para darle a la naturaleza una presencia aún más poderosa, ya que al evidenciar sus formas, su funcionamiento y, sobre todo, su esencia, reafirma que está ahí, que existe, que vive. 

De esta manera, Goldsworthy se reapropia y transmite el lenguaje compartido por el ser humano y la naturaleza que, aunque en el contexto contemporáneo —especialmente en el urbano— se encuentre reprimido, solo hace falta activar la memoria innata para volver a crear el lazo más elemental. La importancia de su trabajo recae en el hecho de que se aleja de la histórica concepción de una naturaleza idílica, la cual ha establecido una barrera con el ser humano, generando una tensión entre el adentro y el afuera o lo propio y lo ajeno, para trabajar con ella a la par, difuminando las fronteras construidas y recordándonos que formamos parte de un mismo ciclo. 

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FOTOS:

En portada de este artículo: Andy Goldsworthy, Agua Derwent, Cumbria, 8 de marzo 1988. © UK Government Art Collection.

Galería en orden de aparición: Andy Goldsworthy, Alga marina arrojada hacia un cielo gris y nublado. Playa Drakes, California. 14 de julio 2013. © Andy Goldsworthy

Andy Goldsworthy, Arena roja arrojada al Gotemba Quarry, 1993. © UK Government Art Collection.


Melissa Mota es curadora y editora independiente. Cuenta con publicaciones en diferentes revistas como Fahrenheitº, Código, La ciudad de Frente y GasTv. Es historiadora del arte, egresada de la Universidad Iberoamericana.

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